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Un día más trabajando en prisiones con el coronavirus

Segundo día de trabajo. Aunque es el segundo día, el tiempo no ha pasado ni en mi mente ni en mi cuerpo. El descanso nocturno en el que debería desconectar se ve salpicado de flashes que me siguen recordando mi actividad laboral… y no son precisamente agradables.

El despertador no llega a sonar, llevo largo tiempo despierto, y aunque mi cuerpo se resiente mi mente me obliga a incorporarme y presentar de nuevo batalla a mis circunstancias laborales.

Tras enfundarme el uniforme y tomar el café, intento centrar mi pensamiento en cosas agradables. Pero la mente es traicionera y acaban aflorando los mismos miedos y ansiedades que ayer, salvo que hoy refrescados por la experiencia ya vivida.

El mismo camino, las mismas caras y la misma expresión anodina que hace ver que nuestro trabajo no es vocacional, pero que cumplimos como si lo fuera.

Ya dentro, los compañeros que están en su primer día te abruman con preguntas sobre cómo está la situación. Tú contestas con la poca información que tienes. Caras de perplejidad y desconcierto, las mismas que uno tuvo ayer y que hoy perduran porque las respuestas son las mismas: ninguna.

La jornada laboral parece un calco de la anterior. Mucho desconcierto, mucha presión, una pelea, un conato de incendio, mucha ansiedad provocada por la desinformación del maldito virus. En fin, un día más en el trabajo, amenizado por la ineficacia de la administración a la hora de tomar medidas y establecer planes de actuación.

Lo que más asusta de esta situación es que solo estamos en el principio y que por desgracia va a ir a peor. Apelan a nuestra profesionalidad, a nuestro saber hacer las cosas, a nuestra experiencia y, sobre todo, a nuestra humanidad para que esto no sea una debacle total. Pero es que somos eso, humanos desbordados por los acontecimientos y dejados de la mano de Dios y abandonados por una Administración que parece no querer mirar de frente y nos sitúa en un plano invisible.

Tras el tiempo de la comida , breve , austero y amenizado por el interfono de las celdas volvemos a la asfixia provocada por la mascarilla y la urticaria de los guantes. Hay que hacer frente al turno de tarde.

Apertura, economato, actividades, campo de fútbol, tareas que pese a los pocos que estamos trabajando, nos multiplicamos para hacerlas llevaderas y que estos tiempos de angustia se noten lo menos posible en los intramuros de nuestra pequeña ciudad.

Por fin el eterno día termina. Estoy deseando coger el vehículo y volver a la libertad de mi hogar, aunque pensándolo bien, dejo atrás un lugar de reclusión laboral para entrar en otro de reclusión estatal forzada.

Así es la vida!. Son tiempos duros que nos toca vivir y tendremos que sobrellevarlos tan dignamente como podamos.