Colaboraciones

De virus, cárceles y familias

Son más de 5 décadas de vida y cerca de 3 trabajando como funcionaria de prisiones.

Estas dos cifras creo que ponen de manifiesto que, tanto en la vida personal como en la profesional, acumulo una dosis de experiencia considerable.

Se leen últimamente, con motivo del decreto de alarma por la pandemia de coronavirus, las protestas de Asociaciones de Voluntariado, abogados o familiares de internos sobre el hecho de que están siendo vulnerados derechos fundamentales de las personas que se encuentran en prisión: unas penadas por sentencia judicial a determinado tiempo de privación de libertad y otras en prisión preventiva y a la espera de juicio por ser supuestamente autores de actos delictivos, esto también decretado por la justicia.

Efectivamente la vida de los internos en los Centros Penitenciarios de España ha sufrido recortes de actividades y movimientos con el decreto de alarma que el gobierno hizo efectivo hace ya más de un mes. Pero no es menos cierto que todos los ciudadanos del país hemos visto también reducidos todos nuestros movimientos, actividades y rutinas diarias.

Voy a intentar hacer una comparativa entre ambos “mundos”: la calle y la prisión. Y puedo hablar con conocimiento de primera mano porque trabajo en una prisión como servicio público esencial y en los días que tengo libre de servicio vivo como una ciudadana más sujeta a todas y cada una de las normas que el Gobierno ha impuesto.

Como funcionaria he sufrido un cambio de horario en los turnos de trabajo. No sé si ésto y lo que voy a seguir narrando ha sucedido de igual forma en todas las prisiones del país, pero  hablaré de lo que yo conozco. 

Las Juntas de Tratamiento fueron suspendidas y los miembros de estos equipos han dejado de acudir a los módulos. Este hecho conlleva que los funcionarios de Interior somos los que recibimos las preguntas y dudas que los internos tienen sobre temas que para ellos son de vital importancia: si van a ser clasificados en la fecha que tenían prevista, cuándo van a poder disfrutar de los permisos que tenían ya aprobados, si pasada la crisis recuperarán todos los permisos y comunicaciones que no están disfrutando con sus familiares.

Y yo no lo sé. No sé que tengo que contestarles porque no tengo la respuesta ni a nadie que me la dé para que se la pueda transmitir. Sólo les puedo decir: “esperemos que sea pronto y tranquilos, que en cuanto sepa algo os lo comunicaré inmediatamente”. 

Como ciudadana tengo mis movimientos también totalmente limitados. Fuera de los desplazamientos al trabajo en este más que largo mes, he salido 3 veces a comprar a un supermercado y una vez a la farmacia por total necesidad.

En el módulo en el que trabajo, ahora todos los días es domingo. Me explico. La apertura de celdas se hace un poco más tarde, no hay actividades extramodulares: escuela y otros cursos, futbol, boxeo y demás actividades deportivas, comunicaciones, trabajo en talleres, asistencia a misa, baile…Se vive todo el día dentro del módulo

Y dentro del módulo los internos siguen jugando partidos de futbol en el amplio patio, partidas de parchís, ajedrez, ping-pong, utilizan el gimnasio, la biblioteca para leer, estudiar, hacen manualidades…

Tienen también abierto el economato, mezcla de tienda y bar, pues en él compran tabaco, café, refrescos, frutos secos, dulces, productos de higiene…

Siguen colaborando en la limpieza y mantenimiento de las zonas comunes y el reparto de las 4 comidas diarias ( desayuno, comida, merienda y cena) se realiza en las mismas condiciones que antes de la crisis.

Se han ampliado a 15 las llamadas telefónicas semanales y no hay limitación en el número de cartas que deseen escribir ni tampoco en las que reciben, tanto del exterior como de otros Centros o de otros módulos de la misma prisión.

No ven a sus familiares, no. Pero es que tampoco los ciudadanos que no estamos en prisión vemos a los nuestros, ni siquiera a aquellos que tenemos a 50 metros de nuestra casa. 

Nuestra vida familiar durante todo este tiempo se reduce al núcleo formado por los que habitamos en el mismo domicilio.

¿Cuántos niños hay que no tienen hermanos y llevan 5 semanas jugando solos?

¿Cuántos llevamos esas 5 Interminables y tristes semanas sin ver a nuestros padres, hermanos, sobrinos, amigos?

Pues llevamos como mínimo el mismo tiempo que los internos de las prisiones. Porque somos muchos los que trabajamos muy lejos de nuestra tierra natal, allí donde dejamos nuestras familias y amistades para ir en busca de un trabajo que nos permitiese vivir.

Y afortunados los que en estos días conservamos nuestro puesto de trabajo que nos da ingresos suficientes para continuar con pagos ineludibles: hipoteca, agua, luz, gas, colegios, gasolina, alimentos y, por supuesto, los impuestos. Esos no se perdonan!

Yo, que tengo la inmensa suerte de no haber dejado de trabajar ni un sólo día, tengo mi sueldo seguro, escaso pero por ahora seguro. Y voy cumpliendo con todos y cada uno de mis pagos. Y una vez cada 10 o 12 días voy a comprar, porque tampoco es cuestión de arrasar y almacenar cantidades ingentes de alimentos. Y porque hay  productos básicos que son perecederos y duran lo que duran.

Y cuando voy a la compra me coloco mi mascarilla casera, hecha con bonitas telas de algodón que no sé si son eficaces o no, pero que son las que tengo porque es imposible comprarlas en farmacias. 

Y vas hacia el super triste, con la cabeza baja, mirando al suelo, entre un silencio que casi asusta. Te cruzas quizás con una o dos personas en el camino. Y nos miramos de reojo, como con miedo o incluso desconfianza. Llegas a la tienda y te obligan a frotar las manos con ese gel cuyo olor se va incrustando en la nariz y acabas con los ojos llorosos y un fuerte picor. Te limpian el carro con lejía ( más escozor de ojos) te dan unos guantes de plástico talla única y  a mi me caben las 2 manos en el mismo así que es una auténtica odisea manejarse con ellos. Si pesas los tomates, cuando sale la pegatina con el total, se te pega en uno de los dedos del guante y se te arranca un trozo.

Luego esperas en las cámaras de los yogures. Hay un señor eligiendo y debes esperar para guardar la distancia de seguridad. Nadie habla, nadie se da la vez. Simplemente esperas y cuando termina el señor, te acercas tú.

A veces te cruzas en un pasillo con alguien que viene en sentido contrario. No sabes qué hacer: me paro yo, se para ella, nos miramos con incertidumbre

Una compra que habitualmente haces en una hora, ahora te lleva mínimo dos y media.

Y encima te quedas sin poder adquirir varias cosas ( justo lo que más necesitas) porque están agotadas.

Viene al final la cola para pagar y aquí no hace falta que midas tú la distancia a guardar con el cliente de delante, hay unas tiras pegadas en el suelo que te marcan dónde esperar.

Vuelta a casa y viene lo peor: desinfecta uno por uno los artículos que has comprado. Piensa qué pones en la nevera y qué congelas. Porque has de congelar!! Una compra para unos 12 días ni cabe ni se conserva en el frigorífico.

La vuelta a casa es parecida en cuanto a silencio y vacío, pero yo siento alivio. Alivio porque ya vuelvo a mi refugio, ya vuelvo a encerrarme en casa como manda la ley.

No os sentís un poco culpables cuando vais a comprar? Total, pienso, podía haber pasado con lo que tengo.

Pero claro, mañana trabajo y pasado también.

Pues eso. Por un lado, un poco culpable, como si estuviese cometiendo un delito. Por otro…no sé cómo explicarlo!

Yo puedo permitirme ir a comprar, pero… cuántas familias no pueden hacerlo?

Ertes, paro…Tengo familiares que se han quedado con lo puesto y, de momento, ni una sola de las ayudas anunciadas y prometidas por el gobierno les han llegado.

Hay miles y miles de familias que están malviviendo gracias a la solidaridad de anónimos. 

Ves? Éste es un problema que no tiene ningún interno en ninguna prisión. Si su familia no puede ingresarles dinero, no se tomarán un café o un Donuts, pero sus comidas reglamentadas las tienen aseguradas.

Y volviendo a las familias.

Los presos no pueden ver a sus familiares cada fin de semana en la comunicación ordinaria. Tampoco pueden realizar los dos vis a vis mensuales. 

Y sobre ésto se oyen muchas voces que afirman que se están vulnerando derechos, acusan hasta de ilegalidad estas restricciones. 

Y a mí me gustaría saber si esas mismas voces se están alzando con la misma intensidad, rotundidad, para hablar de la enorme cantidad de personas que han sido notificadas del fallecimiento de uno de sus mayores, padre o madre, abuela o abuelo. Y reciben una llamada y con eso se quedan en la mayoría de ocasiones. No se puede dar un último adios al que se ha ido, no se le puede identificar, no sabes siquiera dónde está. Cada uno llora en silencio y soledad a sus muertos. Las comunicaciones volverán, no sabemos cuándo ni cómo, pero volverán. Los muertos no, los muertos no volverán. Quedará en nuestro recuerdo la imagen de la última vez que los vimos, quedarán las fotografías y, con suerte, un lugar donde  poner unas flores en algunas ocasiones.

Volverán los permisos, volverán las comunicaciones y volverán las actividades dentro de las cárceles.

Y volverán, supongo, de forma escalonada igual que volverá “la normalidad” a la vida de los que ahora estamos ” cumpliendo prisión” en casa. 

Me atrevo a comparar estas salidas escalonadas a las salidas terapéuticas que se llevan a cabo en las prisiones, a los permisos, primero los que reúnen una serie de requisitos legales y de una duración corta, hasta llegar a la libertad condicional antes de conseguir la TOTAL.

No pretendo hacer una crítica de los internos que viven esta pandemia en prisión. De hecho he de manifestar que una gran mayoría de los mismos están reaccionando mucho mejor de lo que se podía esperar. 

Cierto que algunos protagonizan incidentes de distinta gravedad, pero  cierto es también que algunos ciudadanos “libres” (se cuentan por miles pero no son mayoría) se saltan las normas del estado de alarma y ponen en peligro al resto de la población.

Por último, quiero agradecer todas las muestras de apoyo que recibimos y decir que seguiré intentando, como la inmensa mayoría de los españoles, aportar lo que esté en mi mano tanto dentro de prisión en mi condición de funcionaria, como fuera de ella en mi condición de ciudadana.

A todos los que os echáis las manos a la cabeza por la conculcación de derechos fundamentales de los presos os pregunto si los ciudadanos que no están bajo privación de libertad en una prisión, sino en sus propios domicilios ( quienes disponen de ellos) merecen vuestra misma defensa.¿ O eso se lo dejáis a otros?

¿Hacéis las mismas quejas o denuncias de las condiciones en que están viviendo nuestros mayores en las residencias? 

¿Vais a pelear también por los miles de niños y sus correspondientes padres que en muchas ocasiones no tienen ni los medios ni los conocimientos para seguir con sus tareas escolares desde casa?