Colaboraciones

El ángel de color crema

Dedicado a los Funcionarios de Prisiones, ángeles custodios de infinidad de secretos y valores humanos

Hay misterios que soy incapaz de abarcar, de resolver, de describir. Que podría trazar en un esbozo de mil y una formas, en otros tantos poemas, en mil versos si lo deseas, y aun así jamás alcanzaría su corazón, la esencia de su ser. La vela que da vida a la luz que la sostiene se derrite fundiéndose en la madera carcomida de esta primitiva y desvencijada mesa. Coqueta en su día, lejana, muy lejana. Escribo para poner fin a las divagaciones que inquietan mi espíritu, que revolucionan mi cabeza como pequeños torbellinos que absorben toda la razón. Desde tierra el horizonte del mar no se inclina a un lado u otro, no hace curvas, no existen ángulos; simplemente una línea en trayectoria recta.  Y los ojos, que ven lo que ven, son engañados por la no-realidad, por la tentadora decepción de algo que no existe y que se posa inerte frente a ti.

Y surgió. La ampolla de luz revoloteó frente a mí. Circuló en derredor sobre mi cabeza, dibujando ejes rítmicos y alegres. Ni siquiera me dio tiempo a sorprenderme. Simplemente avanzó vectorialmente y hallándose en la esquina opuesta a la entrada de la habitación permaneció quieta, hermosamente inmóvil. El haz de luminosidad que de forma intermitente desprendía su cuerpo tensó una calma que necesitaba. Dejé de escribir y su ojo cegó mi determinación.

El anónimo poder arrancó de raíz, como fuerza de la naturaleza, el trance a una desconocida dimensión. El brillo aumentó, engordó por momentos vomitando rayos de luz cegadores, de tal intensidad, los cuales me obligaron a ocultarme tras la palma de las manos y, todo absolutamente todo, se volvió de un blanco lechoso, puro, cuyo espacio me envolvió.

El áurea reinante pulsó un ambiente extraño y cuando retiré mis manos y abrí nuevamente los ojos todo el menaje de muebles y accesorios había desaparecido por completo. Ni siquiera la morada parecía la misma. El fanal brujesco cambio de color, se tornó a uno más suave, un delicado tono azulado cuyo interior comenzó a girar ferozmente, remolinó un viento absorbente y bramó desde las entrañas de su ser un sonido gutural grave, ininteligible y desesperado. El volumen de la cacofonía rugió aun más fuerte. Empecé a tener miedo y me encogí como si en ese preciso momento un tonel de un frío intenso fuera vertido sobre mi cuerpo. Volví a cerrar los ojos. El dolor en un tono agudísimo perforó mis tímpanos y dos pequeños riachuelos de sangre manaron de mis oídos, recorrieron la mandíbula para ir a morir al mentón. Elipsis sensorial.

Llegó el silencio y una finísima lluvia empezó a caer del techado. Pronto acabé empapado y entonces… apareció. Reinaba una extraña atmósfera, giré la cabeza y vi una sola abertura de luz lunar, una ventana enrejada, una litera y un baño del color de la plata, plato de ducha y una taza de váter. Volví a cerrar los ojos, los volví a abrir, y todo permaneció en su sitio. Tropecé con una silla de plástico al levantarme y cuando los ojos se acostumbraron a esa extraña oscuridad vi el resto del cubículo al  que llegué no sé de dónde. Me acerqué  y tuve que apoyarme en una especie de repisa de piedra blanca que tenía frente a mí. Había dos botones, una especie de pulsadores extrañamente familiares. El dolor era insoportable y los oídos me hacían doblar el cuerpo empequeñeciéndome aun más mostrando un rostro grotesco y feo. Pero reconocí el lugar. Ya lo creo. Una celda. Una celda de una prisión que desconocía. Me puse a llorar. ¿Qué demonios me está pasando? No podía ser real, dios mío si yo… si yo soy funcionario de prisiones. Me froté la cara caliente con el dorso de la mano. Traté de pensar con claridad en medio de la niebla de dolor y agotamiento.  Y pulsé el botón del intercomunicador en una hora en la que incluso los ángeles velan desde la oscuridad.

“sí, dígame. ¿Qué le ocurre?”, No supe que responder, me moría de ganas por articular una palabra de ayuda. No sabría describir todo lo incómodo que me encontraba en aquella fresca y silenciosa oscuridad. La voz rebotó de nuevo. “¿Está usted ahí? Dígame: ¿se encuentra bien? Y le hablé. Fuera quien fuese era mi compañero y en cierto modo me hacía sentirme seguro. Saber que parte de lo que necesitaba se encontraba al otro lado del intercomunicador me hizo tranquilizarme. “Necesito ayuda, y no sé donde estoy, no sé qué me ha pasado, me sangran los oídos, estoy mojado  y tengo mucho miedo, necesito  ayuda”… “y para eso estamos, para ayudarle. Escúcheme ahora, debe permanecer tranquilo, si le sangran los oídos debo comunicarlo al Jefe de Servicios que a su vez lo comunicará al Servicio Médico y en seguida le volveré a llamar. Usted conoce la situación en el servicio de noche y estando sólo no puedo hacer mucho más salvo dar parte de esta incidencia. Voy a colgar y usted debe esperar a que le vuelva a llamar. Présteme atención; le voy a colgar para dar aviso, no obstante si necesita volver a llamar porque lo necesita, debe hacerlo. Aquí estamos para ayudarle, permanezca atento al intercomunicador. Todo saldrá bien. Espere un momento”

Paseé la mirada sin rumbo fijo, quizá fueron minutos, ni sé cuantos. Extrañamente mi compañero me devolvió a un estado de tensa calma. Cerré los ojos.

El portal mágico trepidó nuevamente con violencia, relampagueó, y tropecé en medio de una nada negra. Volvió a rugir, espantosamente, ensordecedoramente y un remolino de viento me sepultó a su interior. Horneó mi cuerpo de tal forma que me fue imposible siquiera respirar, abrí la boca tanto como pude, hasta desencajarla de la mandíbula y los ojos llenos de terror crecieron grotescamente, mis manos aferraron  inconsciente el cuello. Renuncié a aspirar el aire del exterior y los pulmones crepitaron clemencia. Ni siquiera me fue concedido gritar, sonidos roncos reverberaron alrededor. Dejé de recordar al segundo impacto y con violencia yací expulsado del portal, escupido violentamente a través del desgarrador habitáculo del portal. La mágica luminiscencia desapareció y el origen volvió exactamente a su lugar de inicio.

Entonces vi la luz blanca y constante del flexo de mi habitación, retorné a mi casa, a mi hogar, sin saber siquiera qué había pasado. Débil como estaba, alcancé la cama, me palpé los oídos que ya no sangraban y exhausto con los brazos y piernas en uve acabé derrotado por un sueño placentero. Creo recordar que soñé, rodeado de este secreto que guardo para mí y, quizá sea propio de la naturaleza humana buscar explicaciones a cosas ocultas.

Con la vaga y absurda esperanza de que alguien crea estas líneas tan sólidas e inamovibles como ciertas al escribirlas, todo queda orillado por la esperanza que me proporcionó aquella voz invisible, aquel ángel incorpóreo que desde la oscuridad de mi ignorancia y desasosiego permaneció a mi lado cuando más lo necesitaba. Aquel Ángel de color crema.