Colaboraciones

Hablemos de cárceles XI

Pasó el 23 F. Unos días antes, el día 4, había caído por enésima vez el famoso “Comando Madrid” que siempre acababa reconstruyéndose. Isidro Etxabe Urrestrilla, “Zumai”, el jefe de ese comando, fue condenado por – entre otros atentados- asesinar en julio del 78 al general Sánchez Ramos y al teniente coronel ayudante, Pérez Rodríguez y fue herido de bala durante la detención. Junto a Etxabe había sido detenido Joseba Arregui que, unos días más tarde murió en el Hospital Penitenciario de Carabanchel. Las informaciones de la época hablaban de torturas en la antigua Dirección General de Seguridad que ocasionaron un edema pulmonar y el fallecimiento porque al llegar al Hospital Penitenciario de Carabanchel ya había poco que pudiera hacerse.

Había otro integrante del comando, Izaguirre Gogorza, “Gogor”, que pudo huir y una mujer de la que nunca más se supo nada. ¿Porqué es importante Isidro Etxabe? Me tengo que adelantar unos años en el tiempo. Vayamos a Nanclares a principios de los noventa – ya lo contaré más despacio en su momento- Etxabe fue el primero que, en primera persona, le dijo a ETA que no podía seguir perpetrando atentados con víctimas indiscriminadas. Etxabe, independientemente de los delitos que cometiese, tras muchos años de cárcel cambió su chip y se enfrentó a la organización terrorista, después del asesinato del niño Fabio Moreno y de las gravísimas lesiones de Irene Villa. Por convicción y sin pedir nada a cambio. Ahora, y desde hace años, muchos han hablado, muchos han criticado a la banda terrorista, pero Isidro Etxabe fue el primero y Jon Urrutia el segundo, yo sí estaba allí. Ellos dos y Antonio Asunción, inauguraron la famosa “Vía Nanclares”, importantísima en la “deconstrucción de ETA”. Antonio Asunción la creó, la puso en marcha y la sostuvo hasta que fue capaz de andar ella sola, nadie más por muchas medallas que la gente quiera colocarse.

La sociedad y la política española siguieron, después del golpe, con una temperatura extraordinaria aunque aparentemente reinara la tranquilidad, como esa sopa espesa de cocido que, con una capa de grasa por encima no humea, pero si te la metes en la boca te abrasas. Las cárceles, como siempre y como ahora, eran un reflejo de la sociedad de fuera, de la calle. Se fue Suárez empujado por la fuerza de los socialistas que estaban ansiosos por llegar al poder. Recuerden a Guerra llamándolo “tahúr del Mississipi”, diciendo que era “un perfecto inculto que regenta la Moncloa como una güisquería” o despertando fervores entre los asistentes a un congreso socialista al afirmar que “en estos momentos de intranquilidad, algunos se preguntan si será el momento de que el general Pavía entre a caballo en el Parlamento y yo me pregunto si el actual presidente del gobierno no se subiría a la grupa de ese caballo”. – El general Pavía protagonizó un golpe de estado en la primera república, 1874, ocupando el Congreso con guardias civiles al modo que un siglo después imitó Tejero. Intentaba evitar que Castelar fuera desalojado del gobierno y es falso que entrara a caballo en el Congreso-.

Guerra, independientemente de que guste o no, ha sido el mejor orador parlamentario de los últimos sesenta años y no fue el único que tiró contra Suárez. Fraga llegó a decir que el nombramiento de Suárez como presidente había sido “una farsa jurídica y una quiebra de la legalidad y la legitimidad”. Los cercanos a él casi fueron peores, solo hay que acordarse de frases de Herrero de Miñón, de Areilza o de Garrigues e incluso del propio Calvo Sotelo que se jactaba del complejo que generaba en Suárez porque había sido un estudiante mediano frente a él que había sido muy bueno. Acordémonos de la gran frase del canciller alemán Konrad Adenauer: “Hay tres tipos de enemigos, los enemigos a secas, los enemigos mortales y los compañeros de partido”. Muchas veces, después, hemos añorado a Suárez. No al hijo que, evidentemente y pese a sentarse en una de las vicepresidencias del Congreso, no alcanza al padre ni por asomo por más que la derecha haya intentado usarlo muchas veces como señuelo.

No habían pasado más que unos meses del asalto de Tejero y de nuevo la guardia civil. Perdón, la guardia civil no, unos pocos guardias civiles, nos pusieron el corazón en un puño con un caso desgraciado y tristemente famoso: el caso Almería. España seguía amedrentada entre el ruido de sables que no se acallaba, la enorme crisis económica y el terrorismo que continuaba golpeando con fuerza porque ETA se manifestaba más potente que nunca. A primeros de mayo, con la táctica argelina que luego repetiría el Comando Donosti contra el gobernador militar de San Sebastián, señor Garrido, o sea siguiendo al coche con una moto y poniéndole en el techo una bomba lapa, ETA atentó contra el teniente general Valenzuela. Al día siguiente, tres jóvenes que viajaban desde Santander hasta Almería a una primera comunión, tuvieron una avería y, tras viajar unos kilómetros en tren, alquilaron un coche en Puertollano para seguir viaje. Los retratos robots, el atentado del día anterior…un cúmulo de despropósitos, fueron detenidos – confundiéndolos con etarras- en Roquetas de Mar y sus cadáveres aparecieron calcinados dentro del Ford fiesta alquilado cerca de Gérgal. Se hizo tristemente famoso el teniente coronel Carlos Castillo por unas explicaciones increíbles. El teniente coronel citado, acusado de estar ciego por el ansia de colgarse medallas para medrar, un teniente y otro guardia fueron condenados por los homicidios y comenzó el debate – aún no finalizado- sobre la obediencia debida a órdenes ilegales. El ministro Rosón también se cubrió de gloria con sus intentos de justificar lo injustificable con “versiones oficiales”.

Tras Suárez, gobernó Leopoldo Calvo Sotelo con el miedo y el desbarajuste que había organizado Tejero en el Congreso – yo espero vivir lo suficiente para leer algún libro de historia con la explicación clara y detallada de todas las tramas que había manipulado detrás del golpe-. Con Calvo Sotelo entramos en la OTAN – el PSOE defendía que “de entrada OTAN no” y en el poder defendió lo contrario, cosas de la política-. También con Calvo Sotelo tuvo lugar el espeluznante episodio del aceite de colza que causó multitud de víctimas por el ánimo de lucro de quienes se enriquecían con él y se aprobó la Ley de Armonización de las Autonomías. Hoy, viendo de qué poco sirven, salvo para multiplicar puestos, casos sonados de corrupción y enchufes, recuerdo cómo nos manifestábamos pidiéndolas, al inicio de la transición. El lema era “Libertad, amnistía y estatuto de autonomía”.

En la preparación de una de esas manifestaciones, en el pegado de carteles, en Alicante, en la plaza de los Luceros un chaval joven, Panadero Sandoval, tiró una maceta desde la terraza y mató a Miguel Grau, el protomártir de la autonomía valenciana. Estuvo un tiempo en la cárcel de Benalúa, refugiado haciendo limpieza en el departamento celular y, antes de perderle la pista, me dio la impresión de ser un pobre diablo. Tiró la maceta desde la azotea pensando en ahuyentar a los que “ensuciaban la fachada”. Nada que ver con los ultraderechistas de la matanza de Atocha, fascistas ideologizados y guerreros, que se distinguían del memo alicantino solo con mirarlos una vez.

Se fue el director general, Enrique Galavís, harto del sitio en el que lo habían metido -recordemos que era ingeniero sin ningún contacto con el mundo penal- y llegó un señor apellidado Andújar Andújar. Nada supimos de él, pasó sin pena ni gloria, casi como la presidencia de Calvo Sotelo que solo sirvió como puente a la aplastante victoria socialista de octubre del 82. Expectantes muchos, acojonados otros que pensaban en depuraciones masivas, todos esperábamos ver en qué quedaban aquellas frases callejeras – pero perfectamente estudiadas- de Alfonso Guerra: “A España no la va a conocer ni la madre que la parió”, que dio origen incluso a obras teatrales con ese título.

Se hundió la UCD y Suárez fue borrado del mapa, llegaron los socialistas aplastando a todos los demás partidos – 202 escaños creo recordar que tuvieron- y, evidentemente, nombraron un director general acorde con ellos: Juan José Martínez Zato.