Historia

Hablemos de las cárceles II

Escribo, hoy lunes, confinado por el coronavirus como el resto de los españoles. Creíamos que la cosa era un asunto solo de los chinos, pero en este mundo que se ha hecho pequeño por las facilidades de comunicación, todo se expande y se contagia sin distinguir. Hay que ser responsable y quedarse en casa, menos los funcionarios de prisiones – entre otros- que una vez más les toca bailar con la más fea. Si hay algún lugar con facilidad para el contagio, además de los hospitales, ese son las cárceles porque sus internos, si los confinamos en las celdas, tenemos jaleo asegurado. Recuerdo perfectamente los grandes altercados, que ya contaré, cuando fue asesinado Ángel Mota y que fueron por ese motivo.  Si hay un lugar en el que haya que estar al pie del cañón, mañana, tarde y noche, en domingos y en festivos haciendo de psicólogo, de médico, de confesor, de madre y de hombro sobre el que reposar y contar todo tipo de cuitas, ese lugar son las cárceles.

Ya he sacado a mis perros, don Toba y doña Casi, ya he comprado el pan y dos caracolas de pasas para sobrellevar el encierro y estoy escuchando al maestro Sabina – “Quien más, quien menos/ tiró una vez la casa por la ventana/ se tatuó en las sienes una diana/ probó un veneno/ Quien más quien menos/ se ha tomado a sí mismo como rehén/ y tiene una conciencia todo terreno/ del mal y el bien”.  El trabajo en la cárcel propicia la conciencia todo terreno.  Con Sabina de fondo me pongo a seguir con las historias carcelarias de hace más de cuarenta años.

En el artículo anterior cruzábamos el verano de 1977. Las cárceles ardían por los cuatro costados. Las primeras páginas de los periódicos las ocupaban  fotos de los presos subidos al tejado de Carabanchel – hoy creo que convertida en un solar y el Hospital Penitenciario en un centro de internamiento de extranjeros-. Deogracias – al que todos llamaban Maciste por su aspecto musculoso, a base de flexiones porque aún no habían eclosionado los potingues para musculitos- con un trapo mugriento a modo de felpa en la frente, su torso desnudo y su pincho carcelario en la mano, era la imagen del líder recorriendo los tejados, controlando la rebelión y poniendo firme hasta al lucero del alba.

Cada cárcel tenía su líder, pero pasaba lo mismo que ahora – salvando las distancias con Al Qaeda- donde había uno con personalidad bastante como para aglutinar al resto, dirigirlo, montar un motín y pegarle fuego a la cárcel, inmediatamente surgía la sigla que se apropiaba del sarao: la COPEL, la coordinadora de presos en lucha que exigía idénticas medidas para los presos sociales a las adoptadas con los presos políticos. El razonamiento era impecable: si los presos políticos han sido fruto de la política represora de la dictadura franquista, los presos sociales son fruto de una sociedad capitalista, opresora y desigualitaria. La amnistía ha de ser para todos. Seguían fielmente la doctrina de una escuela criminológica francesa: “Todo el mundo es culpable menos el delincuente”.

Las prisiones se reducían a cenizas y los funcionarios entrábamos a trabajar literalmente cagados y dispuestos a soportar horarios irracionales: de nueve de la mañana a nueve de la mañana del día siguiente, prolongando la jornada hasta después de la comida, para volver a entrar al día siguiente a las nueve. Treinta y seis horas de servicio continuado por dieciocho de libranza. Vivimos una temporada larga en la cárcel “por necesidades del servicio” ante lo que no cabía ni reclamación ni existía compensación alguna.

Siempre había algún preso de confianza – cabos se llamaban entonces, siguiendo con en lenguaje del engendro cuartelero, lo mismo que a los dormitorios les llamaban brigadas- que avisaba de cuando se iba a producir una “gran pajarraca” -¿se sigue llamando así a las grandes broncas carcelarias?- y te decía acercándose más de la cuenta para que pudieses percibir su olor a humanidad poco higiénica: “don fulano, hoy al recuento no suba usted porque cuando toque el corneta van a empezar a tirar las literas, los somieres y los colchones ardiendo”. Se montaba la de Dios es Cristo y la calle hacía oídos sordos al problema. Todo lo más, teníamos alguna mínima capacidad de convocatoria cuando intervenía la policía, con helicópteros y todo, para desalojar a los amotinados que tiraban tejas y todo lo tirable desde el tejado. Espectáculo asegurado porque las cárceles – que se edificaron sesenta años antes en las afueras- estaban en el centro de las ciudades.

Decía un magnífico médico psiquiatra penitenciario – muy posterior a estas fechas- que todo lo que sube baja ya sea por la ley de la gravedad o por su propio peso.  Lo mismo pasó con los motines del 77. Se acabaron porque a los grandes líderes se les aplicó la vida mixta – similar al régimen fies 1-, porque la Copel vio que la calle pasaba de ellos y porque no quedaba nada o muy poco que quemar.

Es algo que nunca he entendido. Siempre que hay un grave problema en una prisión, una agresión seria, por ejemplo, lo primero que se pide es un traslado para el agresor. O sea, me quito el problema yo y se lo envío a otro. Eso podría ser así entonces con aquellos centros pésimamente dotados, pero ahora tiene poco sentido porque, en los centros tipo, todos tienen idéntica infraestructura y la misma capacidad de contención.

Los centros de entonces – casi todos- tenían una arquitectura radial con una especie de quiosco en el centro – la pecera- desde el que era posible ver al momento las cuatro o cinco galerías que salían de esa plaza central. De ahí el nombre de “panóptico”. El centro era el eje de la prisión. Allí estaban las llaves de los talleres, de la cocina, la maleta de los cuchillos de la cocina, las llaves de la panadería… y había – no se me olvidará jamás-  tres botes de plástico mugrientos llenos de pastillas de apariencia similar: aspirinas, antiácidos y antigripales. Todos de las FAS, el servicio farmaceútico de las fuerzas armadas. Cualquier funcionario, sobre todo el que ocupaba el trono del jefe de centro – un sillón derrengado y viejo que ya debió cumplir idénticas funciones en las cárceles de la Inquisición- dispensaba esos medicamentos que eran los únicos que valían para todo. Llegaba un interno: oiga que me duelen las muelas. Toma, dos aspirinas. Es que me duelen mucho: toma cuatro. Con las manos, del bote mugriento, a granel…Y así todo.

El médico – y acabo por hoy- llegaba sobre las diez de la mañana y era anunciado con el toque de corneta del engendro militaroide – ese que cantábamos en la mili: ¡qué malito estoy! Lo siento, pero no hay música en estos artículos y como ya no hay mili, muchos de vosotros no sabréis la melodía-. Las visitas del médico duraban media hora o tres cuartos –. El médico, iba a la cárcel un rato por la mañana, porque trabajaba en otros sitios y era un médico para quinientos presos-. Pasaban, como las balas, seis u ocho internos filtrados convenientemente por el preso ordenanza de enfermería. Este preso iba cogiendo oficio y, en ausencia del médico que solo era localizado para cosas gravísimas – no había móviles ni buscas. Solo teléfono fijo y si no estabas…no estabas. Todo lo más, si era una cuestión de vida o muerte, se mandaba a la policía en  su busca-. En ausencia del médico, repito, el ordenanza mañoso, daba puntos, ponía inyecciones y hacía curas diversas. Tanto es así que, sin citar nombres, recuerdo un caso flagrante: un ordenanza de enfermería de una prisión, de buena planta, de aspecto pulcro y espabilado, cuando terminó de cumplir su condena por estafa, puso una consulta en una ciudad y estuvo bastante tiempo curando enfermedades a plena satisfacción del respetable. No se nos olvide que los estafadores no se reinsertan nunca. Yo he visto reinsertados a terroristas, a atracadores… nunca a pederastas, nunca a grandes narcos – porque como dicen ellos mismos “la droga engancha mucho pero el dinero engancha más- y nunca a estafadores a los que puede siempre la pulsión por engañar.