Historia

Hablemos de las carceles III


Seguimos confinados por ese virus de origen incierto, hasta el momento, que ha puesto la sanidad y la economía patas arriba. No se puede salir a la calle, aunque más de un inconsciente pretenda burlar la ley saltándosela y creyéndose un superhéroe porque consigue volver a casa sin que lo multen… aunque puede que contagiado y contagiando. La lectura, la escritura, la música, las películas… se vuelven tediosas porque estamos viviendo en nuestras carnes el artículo 10 de la Ley Penitenciaria. Ahora sabemos qué es el aislamiento. Todo el mundo – así somos los españoles, nos gusta sacar punta a todo, para superarlo ridiculizándolo- hace chistes: “Me urge que acabe la cuarentena. Me estoy haciendo amigo de mi mujer y por poco le cuento que tengo novia”. Ya veremos cómo después de esta pandemia y por causa de ella hay más divorcios que muertos. A ver quién soporta treinta días de convivencia ininterrumpida en sesiones de mañana, tarde y noche. Esto, con toda seguridad, nos va a ayudar a comprender mejor la situación de los presos en la cárcel. Estás loco por darte una vuelta y no puedes salir.

Hago de tripas corazón y, con Sabina de fondo – reconozco mi monomanía musical, Sabina y rock español- me pongo a la tercera entrega de “Hablemos de las cárceles”.

Se acabó el franquismo y el régimen militaroide – he mandado a Luis una foto que me envía una compañera, lectora de estos artículos-. Se terminaron los desfiles de los presos en el patio, con el director, el jefe de servicios y los funcionarios en posición de firmes y presidiendo lo que parecía un ejército derrotado en retirada – cada uno con el traje azul mecánico de un color, a cual más desvaído-. Se acabaron los toques de corneta pero persistió la gorra, el verde guardia civil del uniforme y el “a sus órdenes señor director” con la mano tiesa en el borde de la gorra.

Recién vuelto de la mili, recuerdo – el primer día que me incorporaba al servicio después del servicio a la patria- una gran bronca del director en la que me reprochaba “la falta de disciplina que se había adueñado de las prisiones”. Tímidamente –el director era Dios y podía trasladarte de Valencia al Puerto de Santamaría con un telefonazo- me atreví a contestarle: “si hay falta de disciplina, la culpa no será mía que acabo de incorporarme después de dieciséis meses de mili”.

También terminó la costumbre de nombrar militares para el puesto con Jesús González del Yerro un militar que luchó en la División Azul y que se jubiló, creo recordar, como Capitán General de Canarias. Landelino Lavilla, ministro de Justicia de la UCD, cesó a su suegro José Moreno y nombro a un técnico de la administración como director general, nombró para el puesto a Jesús Haddad Blanco. Mala suerte para este buen hombre que quiso ser dialogante y modernizar las cárceles y acabó siendo asesinado por el GRAPO a finales de marzo de 1978. Sánchez Casas lo ordenó y Andrés Mencía junto a otros dos sicarios le disparó a las puertas de su casa cuando subía al coche para ir a trabajar.

Ya tenemos un elemento terrorista determinante durante unos años en la vida de la Institución penitenciaria: el GRAPO, Grupo de Resistencia Antifascista Primero de Octubre, en referencia a su fecha de primer atentado. Este grupo terrorista, actualmente inactivo aunque no haya anunciado su disolución, con ideología marxista leninista, estaba formado – por los grapos que he conocido, que han sido unos cuantos- por idealistas analfabetos, que atienden al estereotipo de psicópata fanático con ideas sobrevaloradas. He conocido etarras cultos – los antiguos, a partir de los noventa ninguno-, pero grapos no. Desde Olegario Sánchez Corrales, hasta los hermanos Cela Seoane – su madre era peor que ellos- o a Pedrero Donoso, Brotons Beneyto, Cerdán Calixto, pasando por Silva Sande – que se evadió de la cárcel de Granada inexplicablemente- y Pío Moa -un señor que escribe sobre historia de España y se ha vuelto de derechas-, no he visto en los mismos ni una idea mínimamente original. Lo suyo era una especie de secta pseudoreligiosa marxista, con cuatro ideas aprendidas de memoria y sin entenderlas *. Los grapos se hicieron famosos en las cárceles por una larguísima huelga de hambre que no se creían ni ellos – duró más de un año, cosa imposible- y que soportaban con litros de leche con Meritene disuelto en ella y con sobaos pasiegos comprados en los economatos. La Dirección General hacía la vista gorda pues lo importante, políticamente, es que no murieran por ella. La huelga de hambre “rara” generaba, no obstante, secuelas en quienes la seguían y la muerte de Crespo Galende en el 81 y de Sevillano Martín en mayo del 90, generó más de un problema político y de orden público, incluido el asesinato del doctor Ramón Muñoz, un internista que atendía a estos terroristas en el hospital Miguel Servet de Zaragoza. María José Romero Vega lo asesinó tranquilamente en su propia consulta, siguiendo órdenes de Silva Sande.

Pero volvamos al año 1978, Carlos García Valdés sustituyó de inmediato a Jesús Haddad, venciendo al miedo lógico, pues su antecesor acababa de ser asesinado y fue él quien lo recomendó para el cargo.

García Valdés, catedrático de derecho penal – cuando fue nombrado director general aún no lo era-, dirigió la primera gran revolución penitenciaria en España pues el mismo, en sus escritos profesorales, hablaba de una “institución militarizada”, desde todo punto indeseable.

Empezaron los rumores de una Ley General Penitenciaria moderna, abierta y siguiendo las directrices del Consejo de Europa y de sus normas mínimas para el tratamiento de los reclusos y empezaron, tímidamente, eso sí, las críticas contra esa apertura y esa democratización de las cárceles.

¿Qué nos van a enseñar esos niñatos ilustrados a nosotros? – clamaban los funcionarios viejos y yo, recién entrado, nunca entendí ese clamor. Creo que veían que perdían poder, porque otra explicación no encuentro-. ¿Qué van a poner visitas íntimas para que los presos “follen” con las parientas? ¡Hasta dónde vamos a llegar! ¡Claro, nosotros tendremos que hacer de palanganeros! ¡Agua al cuatro! Y allí que va el jefe de centro con la palangana y la toalla. ¡Estos tíos no tienen ni idea de lo que es una prisión y quieren enseñarnos a los que llevamos más trienios que el palo de la bandera! ¿¡ Están diciendo que les van a dar permiso a los presos?! ¡Estos tíos están locos, no va a volver ni uno! ¡La que se va a liar! ¡Pero si los presos en la cárcel, están en su salsa, coño! ¡Si se vuelven bujarrones al segundo mes y con un jovencito que liguen en el patio y le paguen dos cafés y un paquete de Bisontes tienen el sexo arreglado! ¿Qué cojones de vis a vis ni hostias? ¡Eso va contra nuestra dignidad profesional!**

*Si alguien está interesado, no quiero profundizar aquí más sobre el asunto, lo remito a mi libro Criminalidad organizada. Los movimientos terroristas que da amplia cuenta de grapos, etarras, terra lliure, movimiento do pobo galego ceibe, el mpaiac canario, el frap, el batallón vasco español y otros movimientos ultraderechistas del postfranquismo.

**No tengo ni un solo papel de esa época, pero la memoria es lo único que me funciona perfectamente. Recuerdo nombres, apellidos, puestos y caras de todo lo que aquí cuento que es lo que pasaba… salvo que el subconsciente me traicione.