Historia

Hablemos de las cárceles IV

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Es fin de semana. Llueve en Alicante como si fuera el País Vasco. Una suerte porque aquí el agua mansa siempre es bienvenida y porque este tiempo feo, frío, húmedo, gris y lluvioso, viene perfectamente para soportar el tedioso confinamiento que nos impone el estado de alarma y el virus cabrón que nos trae a mal traer.

Conocemos, ahora sí, de primerísima mano –catorce días llevamos encerrados en casa- el sentimiento de cualquier preso en régimen de primer grado y no tenemos ni siquiera las dos horas de paseo. Es una broma. Ni parecido. Con nuestra mujer dándonos órdenes a cada minuto, mandándonos arreglar el salón, arreglar la cama, arreglar la mesa donde escribimos… ¡Aféitate que vas hecho un patán! ¡Deja de ir todo el día en pijama que esto no es un balneario! ¡Apaga la tele que ya está bien de oír mil doscientas veces lo mismo sobre el coronavirus! Y eso que los niños ya están mayores y por su cuenta, que no quiero ni pensar lo que sería este encierro con tres niños pequeños revolviéndolo todo. Ya veréis, tras el coronavirus, como va a haber más divorcios que difuntos por causa del agente infeccioso.

Nos quedamos en el artículo anterior, en el año 1978, con la llegada de García Valdés a la Dirección General y los rumores, insistentes, ciertos y contestados, de la confección de una Ley Penitenciaria moderna y que debía poner a nuestras cárceles al nivel de Europa y alejadas del franquismo del que, los más osados al frente de la transición, querían despegarse definitivamente.

¿¡Qué cojones nos van a enseñar a nosotros esos niñatos de universidad y que no han visto un talego en su puta vida!? -clamaban los herederos de esa época oscura-. Y sí que nos enseñaron, porque permanecer en un mundo cerrado, mirándonos todo el día el ombligo, hablando todo el día entre nosotros en una endogamia perniciosa y patológica y pensando que no hay ninguna otra realidad, es un desastre intelectual y personal en todos los terrenos. Es necesario que corra el aire siempre y mucho más en las instituciones cerradas.

Carlos García Valdés, profesor universitario, jurista como he dicho y hombre lanzado en un mundo enano como era el de aquellas cárceles, tiró para adelante y cumplió con lo que venía a hacer en estas casas. Aprobó los primeros permisos, instauró las visitas íntimas, redactó la Ley Orgánica General Penitenciaria y no se hundió el mundo. Aprobó la ley penitenciaria y se largó con la conciencia del deber cumplido. Hasta hoy permanece su sólido legado.

Hubo en esta época, hablo del mes de marzo del 78, un episodio desgraciado en las prisiones españolas. En la cárcel de Carabanchel, se descubrió un túnel para intentar la evasión, evidentemente. Agustín Rueda era un miembro de la famosa COPEL que ya hemos nombrado. Los panfletos de tinte revolucionario que circulaban en la época lo etiquetaban como “anarquista”. No creo que supiera él mucho del anarquismo, pero ese siempre ha sido un recurso de los llamados “presos sociales” para adquirir un cierto estatus ante los “presos políticos”. Esa “moda” ha persistido durante algún tiempo y recuerdo, en ese sentido, a unos atracadores que mataron a dos policías locales, dos mujeres, en Córdoba a finales de los noventa. Uno de ellos, Lavazza creo recordar, en algún artículo ha sido calificado como preso anarquista y no creo que sepa mucho de Bakunin, de Angiolillo, de Mateo Morral, de Paulino Pallás o de Salvador Franch. Padre del anarquismo el primero y autores de grandes y famosos atentados anarquistas los cuatro siguientes. Yo desconfío – salvo que evidencias flagrantes me hagan dar marcha atrás- de estos anarquistas. – Algún día contaré cuando, con Franco aún vivo y Pablo Iglesias sin haber nacido aún, yo daba clase en un pueblo de Granada, al que llamaban Rusia la Chica, a comunistas -o que querían formarse para serlo- explicándoles “Los conceptos fundamentales del materialismo histórico” de Marta Harnecker. Les intentaba explicar el concepto de plusvalía y ellos siempre concluían que “a todos los ricos hay que cortarles el pescuezo”-.

Volviendo al desgraciado asunto de Agustín Rueda, tenemos que entrar por desgracia en una conducta excepcional, pero no por ello menos deplorable, de un reducido número de funcionarios: los poquísimos que piensan que, cuando un preso lleva a cabo una acción castigada por el sistema, una fuga -aunque ya terminaron los intentos típicos serrando el barrote de las ventanas o con túneles- una pelea, un motín, una agresión…. Unos poquísimos piensan que, una vez reducido, “hay que hacerle una visita y darle un repaso”. En contadísimas excepciones he vivido ese “intento de valientes” y siempre lo he parado – recuerdo cada situación y cada nombre de cada interviniente, pero no lo diré-. Eso fue lo que pasó con Agustín Rueda desgraciadamente y para escarnio de la institución penitenciaria. Un preso conflictivo, activo en todas las “pajarracas” montadas por la Copel, un túnel en Carabanchel para intentar la fuga y unos cuantos funcionarios que quieren hacer de justicieros a su manera con este y con algún otro preso significado. Diez funcionarios fueron condenados por la Audiencia de Madrid a penas duras de prisión por homicidio y el asunto generó una larguísima trifulca, un enfrentamiento sin precedentes entre los propios funcionarios de la institución.

García Valdés, director general en aquella fecha, no se libró de los planes terroristas para terminar con él. Se ve que a la resistencia antifascista primero de octubre no le gustaba la Ley General Penitenciaria que este hombre estaba cociendo. A primeros de abril de 1979, al salir del despacho en el Ministerio, junto a la calle Malasaña, fue abordado por cinco terroristas, pero tuvo suerte porque los escoltas, profesionales y sin arrugarse, repelieron la agresión frustrando una muerte segura. Tanto es así que los Grapo, al reivindicar el atentado y su “fallo a la hora de asesinar a García Valdés”, aseguraron que seguirían intentándolo.

Otra vez el jefe Sánchez Casas, un director de teatrillo barato, gaditano, frustrado y devenido en terrorista ordenaba y los sicarios Martín Valero y Félix Novales, con una mujer que no recuerdo, intentaban el asesinato. Sánchez Casas, fundador del Grapo con Hierro Chomón y Pío Moa entre otros, fue también ideólogo y protagonista de las famosas huelgas de hambre en las cárceles, imposibles por lo larguísimas pero que afectaron a su salud gravemente. Por cierto, cuando los Grapo perpetraron este atentado, fallido por suerte, era ministro del interior un militar, falangista y franquista – la deuda de la democracia incipiente con el pasado que aún nos daría importantes sustos- vitoriano, combatiente en la guerra civil y voluntario en la División Azul, llamado Ibáñez Freire. Discípulo de Camilo Alonso Vega* a cuyas órdenes se puso, siendo teniente, el día del golpe de estado del 36 ¿Os suenan estos hombres?.

Landelino Lavilla, el que nombró a García Valdés, dejó el Ministerio de Justicia para presidir el Congreso y entró como ministro Iñigo Cavero, un señor de San Sebastián, etiquetado como demócrata cristiano – partido que no he sabido cuadrar nunca- que había participado en el denostado por los franquistas “Contubernio de Munich”, lo que le costó ser desterrado por Franco, y mandado a veranear a la isla del Hierro una larga temporada.

García Valdés, con la Ley casi hecha, con las cárceles aún humeando de los motines pasados y viendo el boicot por parte de muchos que pensaban que los presos mandarían en las cárceles, quería irse. Quiso descongestionar un Carabanchel destrozado mandando trescientos presos a Guadalajara y no pudo porque quemaron antes esta prisión también. Aguantó hasta que estuvo hecha la Ley que tanto había trabajado – aprobada por cierto sin necesidad de votarla, por aclamación como primera Ley Orgánica tras la Constitución-. Dimitió volviendo a su universidad y dejó paso al siguiente, un político de la UCD del que hablaremos en el próximo artículo.

*Si alguien quiere saber más de Camilo Alonso Vega y otros próceres franquistas, recomiendo mi novela El Metralla. Andanzas de un sublevado y también La maestra de títeres de mi gran amiga Carmen Posadas, ambas ilustrativas a este respecto.