Colaboraciones,  Historia

Hablemos de las cárceles VI

Ha muerto Luis Eduardo Aute. Miles de buitres callados/van extendiendo sus alas/ ¿No te destroza amor mío/ esta silenciosa danza?/¡ Maldito baile de muertos/ pólvora de la mañana! Los más jóvenes a lo mejor ni siquiera lo conocen, mucho menos saben si tiene, como escritor, como cantante y como el gran poeta que fue, alguna relación con las cárceles. Aute escribió en 1975 la famosísima canción “Al Alba”, hecha cuando Franco – en las últimas, pero con el instinto del tiro en la nuca aún vivo, recordad su pasado y su vertiginoso ascenso africanista- firmó y mandó ejecutar las últimas sentencias de muerte en la reciente historia de España. Desde el primer ministro sueco Olof Palme – luego asesinado también- hasta el Papa Pablo VI, pidieron junto con la comunidad internacional que Franco conmutara las sentencias. No lo hizo. Se murió tres meses más tarde con las muertes de los últimos fusilados pisándole los talones.

Un año antes, el 2 de marzo del 74 – yo estudiaba entonces Filosofía en el Hospital Real de Granada, hoy Rectorado de la Universidad y hubo una gran movilización universitaria por ese motivo- fueron ejecutados por medio del garrote vil – ya explicaremos algún día el método y el artilugio de matarifes- el alemán Heinz Ches en Tarragona y el anarquista español Salvador Puig Antich en la cárcel modelo de Barcelona – este sí era anarquista-. Puig Antich pertenecía al Movimiento Ibérico de Liberación y fue condenado por la muerte de un policía en un atraco – muerte de la que siempre negó ser el autor-. Este movimiento era el mismo al que pertenecía Oriol Solé Sugranyes, uno de los participantes en la famosa Fuga multitudinaria de Segovia – también fuera de nuestro periodo histórico- que tuvo lugar en abril del 76 y fue muerto en un enfrentamiento con las fuerzas del orden en Burguete, cuando intentaba pasar a Francia tras dispersarse los fugados para aumentar sus posibilidades.

Volvamos al inicio. Aute creó Al Alba contra los fusilamientos de tres miembros del FRAP y dos de ETA. Los del Frente Revolucionario Antifascista Patriótico se llamaban García Sanz, Sánchez Bravo y Humberto Baena y los etarras Angel Otaegui Etxebarría y Juan Paredes Manot. Sánchez Bravo era un broncas exaltado – lo que no es motivo para ser fusilado, evidentemente-. Baena era un pobre chico gallego que se despedía de sus padres sin entender por qué iba a ser fusilado. Un antiguo funcionario – no diré el nombre, pero era tan buena persona que jamás oí a nadie hablar mal de él- me enseñó la última carta manuscrita de este chaval horas antes de su fusilamiento. Era la carta del que sabe que va a morir irremediablemente y, sin saber cómo ha llegado a esa situación, cuanta a sus padres que no llegará a cumplir veinticuatro años en unos días porque será fusilado antes. Lo mismo Otaegui. Pasó la noche en la oficina de administración de la cárcel de Burgos, que designaron como capilla, no cenó pero sí pidió una botella de vino. Luego quiso que se la  retiraran para no ir borracho al paredón y dar una imagen indigna. Contó chistes y habló de la Real Sociedad y del Atletic de Bilbao –con Carlos Salinas, magnífico funcionario, que lo acompañó la noche entera a petición de él-. La procesión iba por dentro pese a la imagen de entereza. Se quejaba resignadamente de cómo el que había disparado contra el guardia civil se salvaba, y al que solo era colaborador no le conmutaban la pena. Toda la noche pendientes del teléfono pero no hubo perdón. Fue fusilado de espaldas, de cara a la pared y con las manos esposadas atrás, en el patio de la granja de la cárcel de Burgos. Seis u ocho disparos. En el último momento quiso volverse para decir algo pero no le dieron tiempo.  De Paredes, Txiki, solo sé que era de Badajoz – he tenido después a decenas de etarras de mil sitios de España menos del País Vasco, que parecían tener que hacer más méritos de cara a la galería por su origen foráneo- y que  euskaldunizó el nombre, Jon, y el segundo apellido que era Manotas, como tantos otros que se cambiaban  José Antonio  por Antxon, Jesús por Josu, Manuel por Imanol o  García por Gartzia para maquillar el pedigrí inexistente. Personalmente pedí su expediente a los catalanes – fue fusilado en Barcelona – para que estuviese junto a los demás en la Secretaría de Estado y educadamente me mandaron a hacer puñetas y enviaron una fotocopia. Contrariamente nosotros – en persona lo entregué por orden superior- les dimos en mano el expediente de Jordi Pujol que cumplió condena  en la cárcel de Torrero en Zaragoza redimiendo pena por su trabajo como ordenanza de enfermería porque era médico.

No piensen que lo dicho antes, o en otros artículos, es andar por la ramas ni batallas de abuelo cebolleta. No les quiero contar mis memorias. Lo que quiero es que sepan de dónde venimos y, en concreto, de qué cárceles y de qué régimen se ha evolucionado hasta las de ahora.

Recordados el autor y la letra de Al Alba y por qué se escribió, volvamos a nuestro cometido. Andábamos acabando el año de 1979, había sido nombrado en octubre Enrique Galavís, un ingeniero que no conocía prisiones, como director general. Cerca de la Navidad, noche cerrada en la cárcel de Zamora – ya hablamos de su ser concordataria con una Iglesia vergonzantemente plegada y aliada con el franquismo- cumplían condena en ella unos ciento veinte presos, más de setenta pertenecientes al Grapo. Casi a media noche, los funcionarios echan en falta a cinco grapos, los más dirigentes, los más peligrosos: Celdrán Calixto, Collazo Araujo, Hierro Chomón -secuestradores del ministro Oriol y del general Villaescusa- Brotons Beneyto y Martín Luna, asesinos del capitán Herguedas de la policía.

Con absoluta reserva incluso para los demás compañeros de cumplimiento – que casi  lo tomaban a broma entendiéndolo como imposible- cavaron un túnel desde los lavaderos del patio hasta el exterior de la cárcel, ocultándolo perfectamente tras los mismos azulejos que quitaban con cuidado y volvían a colocar al terminar cada día la faena. La fuga, “Operación gaviota” la llamaron los grapo, sobresaltó a la opinión pública e hizo exclamar al demócrata Fraga: Las cárceles españolas parecen un queso gruyere y añadía, metiendo miedo en su estilo, que en 1979 había habido más de seiscientos atentados terroristas con doscientos cuarenta y siete muertos, lo que causaba gran inquietud a los españoles, ponía en peligro la transición e incitaba al ejército a intervenir con un “golpe de fuerza”. Premonitorio el siempre brillante Fraga, el de “la calle es mía”, aquel señor al que le cabía el estado en la cabeza. 

Los grapos venían de un fracaso sonado con un túnel similar en la prisión de Soria, pero en Zamora, las garitas mal vigiladas, la niebla espesa por el Duero cercano,  la prisión mal construida y erosionada con una cámara de aire en los lavaderos que era un depósito y almacén ideal, y algunas concesiones del inspector de zona, don Gonzalo, se conjuntaron para el éxito. Hasta se rieron del famosísimo Comisario Conesa- así de bien tenían disimulado el túnel- que, días antes de la fuga y tras un minucioso registro de la cárcel afirmó solemne: No hay indicios de intentos de evasión. Y el túnel estaba en los lavaderos. Siempre, en las cárceles viejas los sitios ideales para túneles y para guardar pinchos o artículos prohibidos y para montar timbas memorables – la droga aun no había hecho irrupción salvo algún ex legionario que le daba a la grifa o al kiffi- eran los aseos de los patios porque eran visitados muy poco y cacheados solo por encima, por razones evidentes. Además siempre disponían en los aledaños de alguno que, haciéndose el desentendido, daba el agua si veía algún peligro.

La fuga de los grapos de Zamora hizo montar en cólera al Director General Galavís, al Ministro Cabero y al propio presidente Suárez. Hasta  García Valdés sugirió en una entrevista esos días que los presos terroristas tenían que estar vigilados por militares y en cárceles militares. Craso error, pues eso les habría dado el estatus que querían: prisioneros de guerra en manos de un enemigo muy superior, una de las claves del terrorismo que aclaramos cuando quieran. Cesaron fulminantemente al director de la cárcel, que llevaba un par de meses en el puesto, Pedro Romero, que luego se rehízo profesionalmente en aquel primitivo Sindicato Democrático, un huerto de colocaciones dicho con todo respeto y con la lejanía que da la historia,  aunque de algo sirvió…de poco, pero algo.

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