Colaboraciones,  Historia

Hablemos de las cárceles VIII

Seguimos en esta primavera confinada y tormentosa, angustiada, llena de miedos y de duelos por causa de ese bicho asqueroso que no sabemos quién inventó ni si ha sido una producción accidental de la naturaleza o ha salido de un laboratorio chino, que todo son hipótesis y chismes alrededor del jodido virus. Nos creíamos que las grandes epidemias que diezmaban a la población – la peste negra del siglo XIV, la fiebre amarilla del XIX o la gripe, llamada española, de principios del XX- eran cosa del pasado y que los virus asesinos eran ciencia ficción para películas baratas. Y aquí estamos, mandado naves a Marte y a Júpiter, poniendo el pie en la Luna y acercándonos al sol para ver de cerca cómo son sus tormentas geomagnéticas y sus ondas de choque. Somos capaces de todo lo anterior y nos tiene acochinados un virus – dicen que ni siquiera es un ser vivo sino un compuesto de material genético protegido por un envoltorio de proteínas- del que no tenemos ni la menor idea de cómo deshacernos y sin saber curar a quienes lo padecen y mueren por su culpa. ¡Tócate los cojones con la ciencia omnisciente y avanzada!.

Ni el gobierno tiene idea de cómo actuar y anda dando palos de ciego y recibiéndolos en todos lados y por todas partes por la gestión de esta crisis mastodóntica. ¿Es una guerra entre chinos y americanos? ¿Qué magnitud va a tener la crisis económica cuando intentemos levantarnos empobrecidos? ¿Andan los abogados afilando los cuchillos ante el colapso judicial que se prevé por la avalancha de demandas? ¿Cuántos divorcios habrá tras el confinamiento de parejas acomodadas en la rutina y que, encerrados, se han dado cuenta de que no se soportan? ¿No habrá un colapso de divorcios sino un baby boom de nacimientos tras el encierro? ¿Es verdad que van a pedir que Sánchez, Iglesias, Illa y no sé cuántos más vayan a la cárcel por homicidios imprudentes? Estoy hasta los moños de oír teorías, sensatas o enloquecidas, fantásticas o pretendidamente realistas, en relación con el virus. Sigo sin saber cuándo podré dar un paseo al lado del mar. Solo un paseo, no pido más. Me sirve de vía de escape volver a nuestra historia penitenciaria. Al menos a alguien le podrá servir para conocer un poco de dónde venimos – recorriendo los cuarenta y cinco años últimos- y cómo hemos llegado hasta aquí.

Andábamos en el capítulo anterior con la supuesta gran contradicción de García Valdés, autor de una Ley Penitenciaria moderna, humanizadora y decididamente partidaria de la reinserción y, a la vez, creador de la prisión de Herrera de la Mancha que fue criticada desde el principio como un monumento contrario a cualquier tipo de tratamiento, un monstruo carcelario que se tragaba a los seres humanos, destruyéndolos. Soy decidido partidario de la reinserción – he visto reinsertarse a terroristas, asesinos, ladrones, violadores, atracadores… Jamás he visto reinsertarse a estafadores, a pederastas ni a grandes narcos-. Cuarenta años observando el hecho me dan una cierta autoridad. Soy decidido partidario de la reinserción, pero no de la reinserción universal que es imposible y tampoco, dicho sea de paso, es un asunto exclusivamente penitenciario, sino que compete también a otras estructuras de la sociedad.

Contribuyeron a la estigmatización de Herrera los desgraciados sucesos que tuvieron lugar al poco tiempo de su inauguración. En noviembre del 79, ya con Galavís en la Dirección General, un grupo de abogados interpuso una querella contra un numeroso grupo de funcionarios, incluidos el director, el subdirector y algún jefe de servicios, por malos tratos continuados a internos del centro. La prensa indagó, estudió a cada implicado, resumió su trayectoria profesional y si en su historia constaba algún problema similar en otros centros. Esto provoca un encierro de funcionarios en Herrera y en algún otro centro que se solidariza, pidiendo ser defendidos en su dignidad profesional. Esto, a la vez, provoca un enfrentamiento serio pues otro grupo de funcionarios se posiciona en contra y exige al poder judicial que cite, uno a uno, a todos los funcionarios del centro para aclarar “lo que ha venido sucediendo en la prisión”. También publica, un periódico concreto, que “al menos unos treinta funcionarios estaríamos dispuestos a contar quiénes han sido los funcionarios que han maltratado a presos y cuáles son los presos que han sufrido malos tratos”. A la vez, piden que la investigación se haga fuera de los cauces de la Inspección Penitenciaria pues –entendiendo que existe un cierto compinchamiento o corporativismo- afirman que “querer aclarar las cosas en prisiones acarrea todo tipo de problemas” y describen comportamientos y torturas de todo punto inadmisibles de las que eran objeto, fundamentalmente, presos con un largo historial conflictivo. La situación era explosiva absolutamente y de enfrentamiento serio, por emplear unos términos suaves.

El juez instructor de Manzanares fue severamente criticado por imponer una fianza que muchos entendieron desproporcionada – tres millones de aquellas pesetas- para admitir la querella y el fiscal pidió el procesamiento de los funcionarios querellados. La prensa – lean La España que bosteza de Juan Luis Cebrián- habla de la inoperancia de las leyes, la Penitenciaria recién aprobada en concreto, y de la necesidad de que el aparato del Estado se transforme y sean funcionarios demócratas y no antiguos represores, los encargados de administrar justicia en democracia. Pedían, claramente, una depuración en toda regla. No solo de las cárceles, también de jueces, policía y ejército para eliminar todo resto del régimen anterior.

Esta etapa fue difícilmente descriptible y de todo punto angustiante. Se conjugaban al mismo tiempo, en un “totum revolutum” casi dantesco, muchos elementos cada cual más conflictivo que el anterior y todos irreconciliables entre sí. Entraba en juego la situación altamente conflictiva de la calle – progresistas y demócratas ansiosos del cambio contra elementos muy poderosos y nostálgicos del franquismo, queriendo eliminarse unos a otros-; la reciente quema de las prisiones y el auge de la COPEL que pedía la amnistía como tratamiento idéntico al que había dado el gobierno de Suárez a los presos políticos – afirmaban que tan políticos eran los presos que habían entrado a la cárcel con Franco por sus ideas, como los sociales que habían entrado por la perversidad del sistema-; la creación de una cárcel “ad hoc”, o sea Herrera, para intentar hacer frente a internos muy conflictivos, refractarios al régimen penitenciario y que traían literalmente de cabeza a la dirección general, quemando, destrozando y campando a sus anchas, más por los tejados, que por los patios de las prisiones; el crispado y enfrentado ambiente social con un sector potente que pretendía dejar atrás el periodo dictatorial franquista y otro, casi más potente todavía, que se resistía con la famosa pregunta del fascista, líder del Bunker, Girón de Velasco como lema: ¿Para eso hemos ganado nosotros una guerra?.

Tras años de instrucción y vicisitudes procesales, después de que la Audiencia Provincial de Ciudad Real absolviera a doce funcionarios del delito de torturas de que eran acusados, la Sala Segunda del Tribunal Supremo anuló la sentencia absolutoria de la Audiencia y condenó a nueve funcionarios, absolviendo a otros tres. Era una sentencia triste pues, dando como probados los golpes, la Audiencia los calificaba como rigor innecesario mientras que el Supremo los calificó como malos tratos a presos. Rebatió a Ciudad Real que entendía que, para aplicar el delito de torturas, la acción del que apalea debía tener como objetivo la obtención de una confesión o un determinado testimonio. El Supremo dejó claro que, así entendida, la acción delictiva dejaría fuera el sufrimiento físico infligido al preso, agravando su penalidad y resucitando la figura del tormento, felizmente proscrito, que en ninguna sentencia figura como elemento de la retribución que conlleva toda pena. Cito, en esta última frase para que nadie se me tire al cuello antes de hora, al periodista del País Bonifacio de la Cuadra con el que tuve un serio y público enfrentamiento en los años noventa por defender que una parte significativa de los comunicadores solo buscaban en las cárceles el morbo y las noticias sangrientas mientras que un acto cultural, festivo o no escabroso, les traía sin cuidado. Ya saben la máxima: noticia es lo que molesta a alguien. Si no le molesta a nadie, es publicidad.

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