Colaboraciones

Hablemos de las cárceles X

 

Creo que ha quedado claro el ambiente convulso de la España de principios de los ochenta. Se hacían veraces y cargados de razón los versos de Antonio Machado – cuyo hermano Manuel, por cierto, estuvo preso en la cárcel de Alicante un par de días solamente al comenzar la guerra civil-: “Españolito que vienes/al mundo te guarde Dios/ Una de las dos Españas/ ha de helarte el corazón”.

Las dos Españas, las ultraderechas, el bunker franquista y otras tramas negras, hacían causa común con terroristas que deseaban desguazar al estado, se llamaban luchadores por la libertad y pretendían crear estados libres, socialistas e igualitarios, desmembrando el país. Unos y otros querían, y lo buscaban con ahínco, un golpe de Estado que sacara a los militares a la calle, terminara de manera abrupta con la incipiente democracia, volviera a la nación a las cavernas y justificara sus acciones como violencia de respuesta a una violencia previa que el Estado ejercía sobre ellos.

ETA seguía matando tanto como podía, fijando sus objetivos con base en la facilidad de ejecución y en su vinculación – fundamentalmente- con militares y fuerzas de seguridad o con quienes consideraba colaboradores de los mismos o trapicheadores de droga. El Grapo contribuía a la inestabilidad con menor potencia y menor arraigo social, pero contribuía. Las tramas ultraderechistas – léase Batallón Vasco Español y militantes de extrema derecha, como los Guerrilleros de Cristo Rey, por ejemplo- hacían lo que podían para responder y caldear el ambiente como, por ejemplo, dar palizas a algún “rojo” despistado y solitario, algún asesinato – Jorge Caballero a la salida de un cine en Madrid por lucir en la chaqueta un emblema de la CNT- y quemar librerías etiquetadas como comunistas. Podría dar una larguísima lista de atentados y muertos pero tampoco iba a aportar gran cosa a este trabajo, baste – entiendo- con saber que era así como “estaba el patio”. Conocí a dos miembros destacadísimos de la ultraderecha mencionada – Iturbide Alcaín y Zabala Solchaga- que compartían resort y veraneo, con los asesinos de los abogados de Atocha, en la cárcel de San Antón en Cartagena. Zabala, al que luego reencontré en Nanclares me resumió en una sola frase los varios asesinatos por los que fue condenada la pareja: “Hicimos lo mismo que estaban haciendo ellos. Yo no voy a volver a caer en eso”. Ambos, Ladislao Zabala e Ignacio Iturbide, han fallecido recientemente y al primero le hicieron el oportuno homenaje los miembros del Hogar Social Ramiro de Ledesma en Madrid en el restaurante Los Cien balcones con nutrida asistencia de franquistas, falangistas e incluso carlistas. Calcados a los homenajes etarras en las Herriko Tabernas pero de signo contrario.

En estos tiempos, finales de los setenta y principios de los ochenta, algunos componentes del ejército, militantes de facto del llamado bunker, participaron en intentonas golpistas más o menos felizmente desmanteladas. No es posible avanzar sin citar la Operación Galaxia, así llamada por el bar en que se reunían los golpistas que, al ser descubiertos, organizaron su defensa argumentando que se trataba de “charlas de café”. La cafetería Galaxia, en la madrileña calle de Isaac Peral, servía como lugar de reunión a personajes que, después del 78, serían multitudinariamente conocidos: el teniente coronel Tejero y el Comandante Inestrillas. Planeaban un golpe de estado contra Adolfo Suárez, creando un vacío de poder e impidiendo el referéndum que aprobara definitivamente la Constitución. La debilidad del Estado entonces, con condenas irrisorias, propició que personajes como estos continuaran ocupando puestos militares y pudiesen llevar a cabo acciones contra el estado nuevamente. Fíjense cómo caen los mitos de la lucha por salvar a la patria: la cafetería Galaxia, lugar donde tomaba café la inteligencia golpista al inicio de la transición ya no existe. Ha sido sustituida por un Taco Bell mejicano.

No es posible – aun dando un salto en el tiempo sobre el que habrá que volver- dejar de hablar de los famosos hermanos Crespo Cuspinera, que junto con otro coronel, Muñoz Gutiérrez, fueron detenidos en octubre del 82, también por preparar un golpe de estado cruento contra el gobierno legítimo que presidía Calvo Sotelo. En vísperas de las elecciones generales, que debían celebrarse, pretendían llevar a cabo acciones violentas contra personas de izquierdas y provocar una gran explosión contra viviendas militares, culpando a ETA de ello para justificar el golpe militar. Proyectaban declarar el estado de guerra y tomar Madrid como primera y esencial medida. Algo tendría que ver el general golpista Milans del Bosch que de la Academia de Artillería de Fuencarral – donde estaba preso por el golpe del que ahora hablaremos- fue trasladado inmediatamente a Algeciras.

Si estas intentonas se desmantelaron en sus fases de preparación, no ocurrió lo mismo con el gran golpe de estado que sufrió nuestro país en la segunda mitad del siglo XX.

Adolfo Suárez, asqueado de la presión política y social a la que era sometido en el Parlamento y sintiendo en la nuca el aliento del bunker golpista presentó la dimisión. En la tarde del 23 de febrero de 1981 se votaba en las Cortes la elección como presidente de Leopoldo Calvo Sotelo. Yo me encontraba de servicio – 24 horas seguidas y cuarenta y ocho libres era el horario salvo refuerzos e imaginarias militaroides ya dichos- en el celular de la vieja cárcel de Benalúa, había terminado el paseo de “los castigados” y estaba, en mi despacho cutre y con muebles de derrumbe, estudiando derecho penal. Eran las seis y veintidós minutos de la tarde cuando, cansinamente, como en las letanías de los antiguos rosarios de pueblo, se recitaban los nombres y los votos de cada diputado. Sonó un golpe, el locutor nervioso dijo que entraban guardias civiles. Un teniente coronel con bigote gritó: “ ¡Quieto todo el mundo!” y se oyeron unas ráfagas de tiros inmediatamente. Allí estaba Tejero, el de la Operación Galaxia, el de las charlas de café por las que fue condenado a seis meses. Bajé corriendo a decirle al Jefe de Servicios: ha habido un golpe de estado, y él respondió: Déjate de gilipolleces.

El resto ya lo sabemos todos. No había entonces radio en las cárceles, pero como por transmisión automática con no se sabe qué instrumento, todos supieron inmediatamente lo que estaba pasando. En la prisión se hizo el silencio. La cena se repartió en silencio. Nadie hablaba. Nadie hizo el menor gesto de nada porque el miedo se instaló en la cárcel como por arte de magia. No vamos a estar en la cárcel y con miedo – se dice como frase chistosa- pues así estábamos aquel día los presos y los funcionarios. Todos subieron a sus celdas o a sus dormitorios sin decir ni pío. Aunque hubiesen estado permitidos los aparatos de radio, habría sido igual. Estábamos en la Comunidad Valenciana y era territorio dominado por el general Jaime Milans del Bosch que declaró el estado de guerra de inmediato y, en cualquier emisora que sintonizaras, solo se oía música militar y su famoso bando en el que se hablaba de pena de muerte por cualquier minucia. En la televisión comenzaron a poner documentales de monos y de otros animales, esos que ahora ponen en la segunda y que sirven para echar la siesta divinamente. Preguntábamos a los guardias civiles que vigilaban las garitas y ellos sabían lo mismo que nosotros. Nada. Yo, personalmente ya me había hecho a la idea de que no saldríamos de allí. No sé por qué. Al poco de oírse las ráfagas de metralleta en el congreso y de ver la pelea de Tejero por tirar al suelo a Gutiérrez Mellado, con el golpe instalado, me sorprendió que dos funcionarios mayores – los recuerdo perfectamente pero no diré sus nombres- se presentaran en el rastrillo, llevaban la pistola metida en el pantalón – Martínez Zato, poco después, afortunadamente, suprimiría aquellos permisos de armas generalizados-, a ver qué había que hacer. Tuve una sensación desagradable, de acojono directamente, como si volviésemos al año 36 directamente, aunque yo no hubiera vivido esa época. El propio director, también en el rastrillo – este sin pistola- exclamó satisfecho: ¡Ya era hora, cojones! Y era una buena persona este hombre, no recuerdo su exclamación con ninguna animosidad especial pese a su evidente solidaridad con los asaltantes de las Cortes, de la misma manera que sí recuerdo la cara de mala hostia con que se presentaron los dos armados.

Siguieron los monos dando saltos en la televisión y nosotros seguimos preguntado cada poco tiempo a los guardias de las garitas si se veía movimiento de tropas en el cuartel de enfrente, el Regimiento de San Fernando. Se repitió hasta el aburrimiento el bando de Milans del Bosch y hacia las dos de la madrugada salió el rey a ordenar el fin de la verbena macabra que se había organizado.

Todos nos volvimos Juancarlistas de golpe, aunque el paso de los años y alguna publicación posterior hayan proyectado más de un nubarrón sobre qué paso y cómo se llegó a producir todo lo que aconteció aquel día. El comandante Inestrillas, golpista profesional como Tejero, fue asesinado en el año 86 por el comando Madrid, el que lideraba el psicópata desalmado y fanático – no es un insulto, es una descripción- Iñaqui De Juana Chaos.

No hablo – por parecerme una acción de traca, fruto de mentes no demasiado equilibradas- de la que se conoció como “Operación zambombazo”, abortada también en sus primeros compases. Pretendían Inestrillas, Milans, los Crespo Cuspinera, el armador ultra Lucho Regueira…- lo más florido de la inteligencia golpista- volar la tribuna de autoridades, ocupada por el rey y el gobierno, durante la celebración del día de las fuerzas armadas que tendría lugar en La Coruña en el año 85. Tenían la ilusión de revivir el atentado que en Egipto costó la vida al presidente Anwar El Sadat en octubre del 81. El Alcázar, como siempre, fue el periódico animador y en sus páginas estaba el texto aparentemente poético: “Es preferible entrar en el Apocalipsis por Madrid, Sevilla, Valencia o La Coruña. Mejor La Coruña porque si el zambombazo deja lagunas incontaminadas, zonas de rehabilitación y continuación de la vida y la historia, si la Cosa Tremenda no es total, en Galicia podría salvarse la civilización sin echar de menos nada” – El País 9-12-1997-.