Colaboraciones,  Historia

Hablemos de las cárceles XII

Juan José Martínez Zato era fiscal de carrera, inteligente, apasionado, de verbo florido – gustaba de escribir circulares jocosas parecidas a los famosos bandos del alcalde Tierno Galván- y un poco atropellado a veces. Se enfrentó, como fiscal joven y de convicciones democráticas potentes, a las leyes que aún existían y que no habían sido desmontadas, provenientes de la dictadura, como por ejemplo, la Ley de Peligrosidad Social, fiscalía en la que trabajó en Barcelona. Fue, como técnico, a trabajar en Guinea Ecuatorial durante su proceso de independencia y duró un suspiro porque se enfrentó al ministro de aquel país por no respetar los derechos de los detenidos. Declarado persona “non grata” le dieron 72 horas para abandonar el país, la Guinea convulsa que se estaba independizando de la colonia y que terminó bajo la bota del dictador Macías Nguema, tío de Teodoro Obiang, el dictador actual, por el que fue derrocado y fusilado en 1979.

Ya, como director general de prisiones, insisto en que Zato era un hombre “de prontos”, no recordaré su decisión espontánea e injusta adjudicándole dos chalets, por la cara, en un complejo penitenciario a un señor, con un argumento “ad hominem”, que jamás entendí. Ni yo ni nadie. La institución lo amansó rápidamente y el que venía a enfrentarse a grupos de franquistas y dictatoriales, que no respetaban los derechos humanos – ese era el cartel que arrastrábamos- terminó usando los mismos teléfonos que sus antecesores: Sesma para cuestiones de personal, Tavera para asuntos carcelarios y Alarcón Bravo como el gran santón de la teoría penitenciaria del tratamiento y la reinserción.

Hizo algunas cosas interesantes: nos cambió el uniforme y retiró las pistolas y las licencias de armas generalizadas – algún día diré algo sobre esas licencias-. Con Zato dejamos atrás el verde guardia civil y la gorra de plato y pasamos a parecer dependientes del Corte inglés, con la camisa celeste, el pantalón gris y la chaqueta azul marino. Continuó poniendo en marcha algunas prisiones nuevas con el diseño de la UCD – diseño caótico, solo hay que ver cuántas obras de arreglo ha habido que hacer en ellas un día tras otro y que aún no han finalizado: Ponent, Murcia, Lugo, Fontcalent…-.

El Sindicato Democrático recién creado y que presumía de ser del color del gobierno recién llegado – la gente corre a la velocidad del rayo a cambiarse el color conforme cambian las circunstancias, y los socialistas habían ganado las elecciones con mayoría absoluta- le presenta a Zato la primera gran reivindicación de todos los funcionarios. Todos, sin excepción, éramos conscientes de nuestro horario irracional: veinticuatro horas trabajando y cuarenta y ocho libres. Esto era lo que pregonaban las academias para llenarse de alumnos. ¡Trabajo cómodo diez días al mes!¡Puesto en la administración con mucho tiempo libre! No hablaban de cacheos, del trato en los patios amontonados y rodeados de presos, de los chinches y la miseria – a mí siendo jefe de servicios en Fontcalent allá por el año 86 me contagiaron la sarna. Un asco-. Tampoco decían que, de las guardias de veinticuatro horas, salías hecho polvo y para meterte en la cama y que al día siguiente ya estabas otra vez machacado pensando en que tenías que volver a la cárcel. Siempre, claro está, que no te cayera un refuerzo o una imaginaria, de las que ya he hablado.

Zato atendió a las peticiones sindicales y vio lo irracional del horario. Lo cambió, pero no como queríamos. Buscábamos trabajar veinticuatro horas y librar setenta y dos, pero salió el tiro por la culata. Puso horario de ocho horas diarias. Como en los hospitales: mañana, tarde y noche. Hicimos mil cuadrantes, mil composiciones – me imagino que igual que ahora habéis hecho con el asunto macabro del coronavirus- y al final se cuadraron, pero la gente tampoco estaba contenta con ese horario porque lo que realmente quería era acumular jornadas para largarse. Todos sabemos qué son lo que muchos hemos llamado “comandos itinerantes”, grupos de funcionarios que trabajan a trescientos kilómetros, o más, de su ciudad de origen y que pelean por acumular jornadas, viven en pisos colectivos con camas calientes, para después irse al que es su sitio de origen.

Martínez Zato tuvo una metedura de pata monumental: el psiquiátrico penitenciario de Alicante. Lo inauguró en enero del 84. A mi entender ese centro es el gran fracaso vivo de la institución. Siempre he dicho que si yo alguna vez tenía que montar una empresa del tipo que fuera, todos los trabajadores de ella los escogería entre los funcionarios de prisiones. En ningún lugar he visto – y mi recorrido por la administración ha sido largo- personas más entregadas, más trabajadoras, más sacrificadas y honestas. También, en mucho menor porcentaje, he visto justo lo contrario: muy pocos que en una empresa privada no llegarían a cobrar ni un mes. No me voy a poner a hacer una lista con datos concretos, pero esa es la realidad, a mi entender. El 95% de los trabajadores penitenciarios deberían cobrar mucho más de lo que cobran y el resto, ínfimo, no ganarían ni la cuarta parte en ningún otro sitio. No es que no cobraran, es que no les darían el trabajo o los pondrían en la calle al día siguiente como a Martínez Zato en Guinea Ecuatorial.

Abierto ese lugar inexplicable, dos módulos acogieron a los enfermos mentales del psiquiátrico que se cerró en Carabanchel y otro módulo se reservó para los etiquetados como psicópatas que, hasta ese momento, estaban destinados en Huesca. El director que puso en marcha el psiquiátrico era una magnífica persona y un psicólogo brillante, de formación netamente psicoanalítica. Su propuesta de funcionamiento era ideal, un cuento de hadas que se estrelló contra la realidad. Daniel Ramírez, el primer director del psiquiátrico, era ante todo un buen hombre. Intelectualmente brillante, psicólogo, músico, simpático y extrovertido, pero ante todo psicoanalista entusiasmado con las teorías de Freud y de Lacan y con el inconsciente estructurado como lenguaje. Los dos psiquiatras que lo abrieron – el doctor Doncel Iraizoz y Rivera de los Arcos, dos magníficas personas y magníficos médicos- se reían continuamente y se preguntaban ¿Pero dónde se ha visto que a los locos y a los psicópatas se les mezcle en un hospital y se les pretenda tratar con psicoanálisis? Los psicópatas no tienen tratamiento y los locos se compensan y se descompensan, pero no se curan, oí decir más de una vez y en más de una discusión. Ya contaré, el próximo día alguna historia tan real como truculenta.

Hoy no puedo dejar, infoprisiones es un periódico y se debe a la actualidad, en definitiva, de hacer referencia a algo que está pasando ahora mismo.

En medio de las convulsiones, la ruina y el desasosiego que siembra el coronavirus, y usando como siempre la política en beneficio del propio partido – cada uno del suyo- en lugar de hacerlo en beneficio del país, leo repetidamente en prensa distintos reportajes sobre prisiones. Vaya por delante que Pedro Sánchez y su socio Iglesias me gustan cada día un poco menos que el día anterior. Los reportajes hacen referencia siempre a los mismo: “beneficios penitenciarios a los etarras” y “pacto con los hijos de ETA”. No entiendo nada.

Los grados penitenciarios jamás han sido considerados por la doctrina, un beneficio sino un elemento, un camino en el tratamiento. Trasladar a un penado de Valencia a Burgos, no es un beneficio penitenciario y eso solo lo puede afirmar un analfabeto jurídico. Yo ya he manifestado aquí mismo mi postura sobre la dispersión: la hice en primera persona y jugándome el pescuezo, trabajé hombro con hombro con quien la diseñó. Era un arma de lucha contra ETA y hoy no tiene sentido porque ETA no existe por más que se empeñen en resucitarla para sacar beneficio político agitando muertos. Tampoco existe Franco ni la guerra civil y hay que pasar página de una puta vez.

Mantener a un penado de Urnieta en Algeciras, por ejemplo, no responde al espíritu de la Ley Penitenciaria ni de la Constitución y solo se puede interpretar como venganza. Una instalación en toda regla en “el derecho penal del enemigo”.

He visitado en las cárceles españolas a no sé cuántos centenares de etarras, transcribiendo y dejando en su lugar correspondiente todas las entrevistas, pero conservo una memoria impecable – todo lo demás un desastre-. Mil veces se les ha dicho a los etarras: dejad de pegar tiros y de poner bombas y entrad en las instituciones. Desde las instituciones podéis defender lo que queráis, pero sin asesinar. Ese era el mensaje claro de los socialistas de Felipe y ese era el mensaje que el obispo Uriarte, Zarzalejos, Martí Fluxá y Arriola – envíados por Aznar- transmitían a la cúpula de ETA en Zurich en el año 99.

A mí, los de Bildu me caen como una patada en salva sea la parte, casi lo mismo que Puigdemont y que Torra y sus congéneres y casi lo mismo que Abascal, pero si decimos que en las instituciones se puede hablar, no podemos demonizarlos ni marginarlos ahora que están en ellas. Exactamente lo mismo que a los franquistas redivivos que están en ellas.