José Ramón Domínguez Burillo. Funcionario de Prisiones asesinado por ETA el 22 de Enero 1993

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Al realizar estos escritos de homenaje y de recuerdo a mis compañeros, las sensaciones que experimento son confusas. Se asemejan por así decirlo con la elección en el maletín del sanador de un escalpelo de bronce para incidir en cálculo matemático y con la profundidad requerida, la incisión adecuada.

Cisura que abre amargos recuerdos de aquellos hechos que jamás debieron ocurrir para la familia y seres queridos. El fondo de la cisión, el hurgar dentro de la abertura provocada me produce terror y un miedo considerable al enfrentarme a esta situación.

Por otro lado la compasión, el recuerdo, el cariño, y una fuerza extraña, desconocida e intensa, brotan con ese ímpetu que es capaz de arrastrarme a escribir palabras de ternura, de apego y de comunión frente a quienes como Institución y como compañero debemos una gratitud permanente hacia ellos.

Y si me lanzo dentro de la herida que provocó el odio y la mezquindad de quienes asesinaron, es para reafirmar públicamente el ejemplo mostrado; la copia fiel de la valentía personal, de la indiscutible manifestación viva y exacta del escudo que da vida y sentido a nuestra profesión.

José Ramón fue asesinado a la salida de su domicilio en el barrio de Martutene cuando se dirigía a su puesto de trabajo en el Centro Penitenciario donostiarra. Dos terroristas le descerrajaron dos tiros en la cabeza, por la espalda falleciendo desangrado entre dos coches.

Burgalés de treinta y cinco años ejercía de educador y animador cultural en la Prisión de Martutene, de carácter bonachón era muy querido entre los reclusos del penal y un excepcional compañero. Era un ardiente defensor del espíritu humanista, tenía esa capacidad innata y voraz de alentar la amistad no violenta y solidaria. Anteponer la ayuda, a la obligación y la fuerza, la comprensión frente a la equivocación.

A la actuación de buena fe en un contexto de plena confianza. Era un humanizador, es decir, que todo lo que tocaba, toda acción que brotaba de su persona, estaba impregnado por el ardiente deseo personal de transformar el mundo humanizando cada instante del que fuera parte. Poseía una fe interna y una sabiduría en el fondo de su conciencia de tal dimensión que todo lo que hizo, todo lo que realizó… lo convirtió en valor humano.

El horizonte penitenciario debe ser un ejemplo de tu vida, una perspectiva de aquello en lo que creíste, de tu reflexión metódica, de tu fe por mejorar a la persona recluida. Has sido, eres y serás un ejemplo para cada uno de nosotros.

Con cariño sincero. Tony.