Colaboraciones

Mi día a día

Lleno de energía llego a mis mazmorras, mi Rey me envía al Gran Portón a defender la ciudad, de camino pienso cual será mi estrategia para que ningún enemigo se cuele dentro.

Apenas llego hacen acto de presencia los primeros guerreros, con una simple mirada he de decidir si pasan o no. Es fácil, los conozco, qué alegría, han sobrevivido a las crueles batallas a las que se fueron tiempo atrás, pero acto seguido un miedo aterrador me recuerda que una terrible peste azota el País.

¿Serán ellos los portadores del temido mal?

Oigo latir mi corazón más fuerte, el miedo se empieza a apoderar de mí.

Me pongo mi escudo, mientras los veo acercarse, les doy el alto antes de que lleguen, con una mirada he de decidir si entran o no, es un segundo larguísimo, y de mi decisión dependen muchas vidas, ¿cómo saber si traen la enfermedad si nunca he visto la peste?.

Pero sus caras de cansados y hambrientos me conmueven y les dejo entrar.

Poco después llegan campesinos con sus carros llenos de viandas de las granjas vecinas. Con ahínco intento ver sus caras pero se cubren con mantas para evitar el mal. Tengo que pensar rápido esta vez no puedo verles, ¿les dejo pasar o no? Traen ricos manjares pero ¿estarán envenenados? Otra vez en escasos segundos he de decidir, qué gran dilema, a simple vista he de saber si morirá toda la ciudad o vivirá. Una población que ha sufrido mucho con las guerras que están librando día a día como es la del polvo blanco o la guerra de los colores (rojos, azules, morados e incluso negros) sin darse cuenta de que la peor de todas es la que no se ve y ahora está en mis manos su futuro.

Va transcurriendo la mañana y sigo tomando una y otra vez la misma decisión, vivir o morir, mi cuerpo empieza a flaquear, se relaja y me quito la armadura quedando expuesto a las temidas pestes.

Avanza el día y aunque el flujo de personas disminuye y puedo recuperar el aliento e incluso tomar agua y comer algo rápido.

Por la tarde llegan otros tipos de personas que vuelven a hacer que mi corazón lata con fuerza y mi cuerpo siga en tensión. Llegan mensajeros de tierras lejanas con valiosa información, nuevos miedos al saber que llevan días pasando por innumerables pueblos y ciudades, ¿habrán sido infectados? Qué es más importante la información o la salud? Qué puedo hacer? Mi cuerpo dolorido del duro día se queja, pero rápido he de solucionarlo. La información a cambio de la posibilidad de que traiga de tan lejos el temido mal? Optó por la información tal vez otro enemigo se acerque.

Al caer el sol llega mi peor pesadilla, un forastero con presentes para un Noble pretende entrar en mi ciudad, le doy el alto su cara delata su dolor, no quiero dejarle pasar, pero sé trata de la nobleza. Pregunto a mi Rey quien ordena que coja los presentes, con miedo los recibo, mi corazon va a explotar, en mis pensamientos sólo retumba una frase “se acabó, es la peste, se acabó” es el fin, todo mi esfuerzo para nada…

Al fin llega el relevo, alegría y tristeza me invaden a la vez. Me voy a casa a cenar y a dormir, exhausto subo a mi caballo él me llevará.

Mi cabeza me da vueltas pensando: yo que con tesón rechazaba a los enfermos, ¿ahora seré yo quien infecte mi ciudad?… A mis padres, a mis hijos, o será a mis hermanos… una lágrima recorre lentamente mi mejilla.

La incertidumbre me invade impidiéndome dormir, ¿que será de los mí? Sólo quiero llorar…