Colaboraciones

Mi padre es Funcionario de Prisiones 2

Habían pasado varios años, quizás demasiados, desde que mi padre fue agredido y recibió una puñalada. Desde aquel día ya no fue el mismo. No por miedo, tampoco por depresión. Estaba cansado, sí. Cansado de luchar, de exigir mejoras, honor, dignidad, reconocimiento… No le quedaban fuerzas, había luchado lo indecible para lograr unidad entre compañeros, al fin y al cabo, todos pedían lo mismo. No entendía que diferencias insignificantes pesaran más que los intereses de todo un colectivo.

—Hijo, no se puede enseñar nada a quien no quiere ver —me solía recordar.

Él decía a menudo que sólo eran nubes, que el sol saldría.

—Es cierto papá —respondí pensando que muchos hablaban de hacer esto o aquello, pero pocos participaban y los que lo hacían eran ridiculizados por uno u otro sindicato o asociación.

Eran demasiados años pidiendo lo mismo. Y eran los mismos años topándose con la misma realidad. Desunión, intereses particulares, puestos de confort, demasiados sindicatos y plataformas. Demasiados sentados a la mesa para muy poco pastel.

—Papá, la vida es corta, debes disfrutar de ella —le comentaba en ocasiones.

Él me miraba con una sonrisa mientras decía: “si algo no está bien debes luchar por cambiarlo, no importa el tiempo y lo que dejes atrás. Te sentirás deshecho, destrozado, pero algún día, alguien llegará, te dará un abrazo, te mirará a los ojos y te dirá gracias, y todo habrá tenido sentido”.

Jamás había recibido una felicitación, una mención, mucho menos una medalla al mérito. Había sido demasiado díscolo para la administración, demasiado reivindicativo. Su mejor medalla fue el día de su despedida y los compañeros que acudieron. Su otra familia. Aún lleva el Viceroy que le regalaron. Y de vez en cuando lo sorprendo mirando las fotos de ese día inolvidable. Cuando se da cuenta de que le observo saca tembloroso el pañuelo y seca sus lágrimas.

—Tengo algo de alergia y me pican los ojos —le miro y sonrío. No digo nada. Alergia… en el corazón.

Su exigua pensión no le da para mucho, y señalando la cartilla, donde le ingresan sus cuatro euros, me dice:

—Por esto también debéis luchar. No sólo tenéis que pedir un sueldo digno ahora, también una pensión digna.

—Es cierto papá, es mucho lo que damos para tan poca recompensa.

—¿Sabes que el personal laboral se jubila con mayor paga que nosotros?

—No lo sabía, papá.

—Pues sí, se jubila con una pensión similar a la del Cuerpo Especial.

Ahora estoy aquí sentado. Junto a mí, varios compañeros, no muchos, cuatro, y, por supuesto, mi padre. Su pelo cano y su frente arrugada recuerdan su edad. Ya se jubiló, pero sigue siendo FUNCIONARIO DE PRISIONES, lo lleva en el alma, lo lleva en el corazón. Aún guarda su metal ovalado.

Junto a él, José y Carmelo, sus camaradas, sus compañeros, sus amigos, su familia, sí… digo bien, su familia. Siempre habían permanecido juntos, a las duras y en las pocas o escasas maduras. Ellos también estaban jubilados. Y de forma ritual acudían a todos los juicios en los que se veían envueltos sus compañeros, los funcionarios de prisiones. Su apoyo era testimonial, pero confortable.

No estábamos ante el juez por malas personas o malos actos, no. Sólo por cumplir con nuestro trabajo. En esta ocasión me tocó a mí. Sí, ahora era yo quien, al finalizar cada turno, abría la taquilla, guardaba el tarro de los malos tragos y cogía la caja de las sonrisas. Ahora era yo quien, con un candado, mantenía alejados los insultos, amenazas, agresiones y mucha, mucha impotencia. Ahora era yo quien intentaba proteger a mi familia. Yo, ahora, también era FUNCIONARIO DE PRISIONES.

Sentado en la sala de espera, o más bien el pasillo, comentábamos una y otra vez lo sucedido.

—No es posible que nosotros estemos aquí, en el banquillo, y no lo esté el interno que tenía en su poder las pastillas y era responsable directo de las sobredosis de los otros dos reclusos, así como de agredir y mandar al hospital a tres funcionarios.

—Así están las cosas, Manuel. Parece que los delincuentes tienen la justicia de su parte.

—Vamos, Juan, ¿qué justicia es esta? Te quitan las ganas de trabajar.

Nos habían denunciado por desordenar la celda de un interno, por rigor innecesario y por lesiones, el orden de los cargos era lo de menos.

No decían nada de los tres compañeros que sufrieron heridas, dos de ellos aún de baja médica. Uno lleva tres operaciones en el brazo. No sabemos si quedará bien.

El ujier salió de sala y nos llamó en voz alta por nuestro número personal. Algo es algo.

Entré, no sin preocupación, en estos lares nunca se sabe. Habíamos actuado lo mejor que sabíamos, cumpliendo una normativa alejada de la realidad, una normativa que quería ofrecer todo tipo de garantías para el interno como si el funcionario no fuese un profesional conocedor de sus funciones, una normativa con visos de buenismo que argüía que una cárcel es un lugar como cualquier otro. No señores, no. La prisión no es un colegio. En las cárceles hay gente normal, sí. Ni buena ni mala. Personas con sus vidas y sus problemas. Pero también hay gente mala, con mucha maldad, psicópatas que disfrutan causando dolor, gente que tiene poco o nada que perder y que carecen de sentimiento. Sociópatas, violadores de cuerpos y de almas, pederastas que destrozan para siempre la vida de niños inocentes, mentes sucias, retorcidas, enfermas. Gentes de corazón podrido y oscuro que destrozan almas tiernas, puras, limpias, personas carentes de conciencia. Y con éstas lo normal es precisamente lo contrario… lo anormal.

En las cárceles hay una gran verdad, una auténtica realidad y es que estas funcionan por la capacidad de aguante, de sufrimiento y hasta por el dolor y la sangre de sus funcionarios. Esa es la realidad, esa es la verdad.

Se escuchó un tintineo de campanilla y el Magistrado se dirigió a mí.

—Explique con sus propias palabras lo que ocurrió el día de autos —comenzó su señoría, no sin antes advertirnos de tal y cual artículo y de la obligación de…

Me sentía oprimido, nervioso, trataba de calmarme, miraba a mi abogado y lo veía totalmente perdido, apenas entendía qué era y cómo se vivía en una prisión… Al igual que toda esa corte de negro y mangas adornadas que me miraban como si fuera algo raro, algo extraño en extinción, funcionario de prisiones… ¿Estos funcionarios de prisiones qué es lo que hacen en su día a día?

Empecé mi relato. Titubeante no porque hubiera hecho algo mal, sino por la frustración que sentía por el abandono que estábamos sufriendo por parte de nuestra Secretaría General. Ningún mando estaba allí, sólo teníamos el apoyo de los compañeros.

—Señoría —dije—, ese día fui junto a otro compañero a cachear una celda. El caso es que durante el servicio habíamos atendido a dos internos con sobredosis por consumo de psicotrópicos y, tras las pesquisas que realizamos, supimos que el interno que vivía en dicha celda ocultaba pastillas con las que traficaba, y además poseía un móvil.

—¿Se encontraba dicho interno presente durante el registro? —preguntó el juez.

—Sí, señoría, como indica la orden de servicio llamamos al interno para que presenciara el cacheo —contesté pensando que publicar esa orden no fue una buena idea, pero claro, nuestra palabra carece de valor, la del condenado por homicidio se considera más fiable y por eso él estaba allí como testigo de todo lo que se hacía.

Este interno en concreto era un hombre fuerte, muy fuerte, y pasaba varias horas al día practicando lucha y levantamiento de pesas en el gimnasio del módulo. También era conflictivo, y allí, plantado delante de la puerta de la celda, se disponía a dar “veracidad” a nuestra palabra. Resulta curioso que cuando la policía realiza un registro, normalmente acude un secretario judicial para dar fe de lo intervenido. A nosotros nos ponen un preso para que éste diga si es verdad que lo intervenido se encontraba previamente en la celda o lo hemos puesto nosotros. No hay nadie en su sano juicio que lo entienda.

—Continúe —dijo el juez.

—Nada más empezamos a cachear el interno comenzó a protestar, cada vez más airado y nervioso. Nos vimos obligados a llamarle varias veces la atención. Le pedimos que saliera de la celda y permaneciera fuera, que no levantara la voz y que mantuviera la distancia. Conforme avanzaba el cacheo íbamos encontrando pastillas y más pastillas en los dobladillos, en la cinturilla de los pantalones, en las camisas, en agujeros hechos en el colchón e incluso en uno realizado en la pared que trataba de ocultar con pasta de dientes.

—¿Qué tipo de pastillas?

—Todas eran benzodiacepinas que necesitaban prescripción para su uso y que no pertenecían a su medicación según los servicios médicos.

—Comprendo, continúe.

—Finalmente encontramos un móvil. Estaba oculto en un cubo con lejía y ropa sucia, lo había envuelto en un condón para que no le entrara agua y luego lo había metido en un calcetín. Incautamos más de cien pastillas y el móvil —aquí noté cómo mis pulsaciones aumentaban al recordar la situación—. Señoría, la reacción del interno no se hizo esperar, pasó del insulto a la acción. Propinó un fuerte empujón seguido de un puñetazo a mi compañero, quien cayó al suelo. A continuación, se vino para mí y comenzó a soltar patadas y puñetazos y yo me cubrí como pude. Mi compañero logró pedir ayuda por el walkie. Esta tardó no más de dos minutos. Dos minutos de golpes y de patadas, dos minutos en los que nos arrebataba la vida, 120 segundos de terror…

—El tribunal ya ha comprendido que Vd. lo pasó mal haciendo su trabajo —me cortó el juez—. Prosiga.

—Era demasiado fuerte para nosotros y además carecemos de formación en defensa personal. Cuando llegaron los compañeros fue todo un caos, golpes, caídas y más golpes. Finalmente logramos controlarlo, ponerle las esposas e inmovilizarlo. No hubo manera previa de desescalar al interno.

—¿Cómo se puede intentar desescalar a este tipo de interno en una situación así? —me preguntó.

Estuve a punto de contestarle que le decimos: “oiga, señor administrado, antes de golpearnos piénselo, siéntese ahí unos minutos y luego continuamos”.

—Hablando con él, diciéndole: “mire piénselo bien. Estamos cumpliendo órdenes, posee usted suficientes objetos prohibidos como para tener un serio problema, no se busque otro más gordo. Si colabora y admite su error, se tendrá en cuenta y las consecuencias serán menos graves”. Eso si nos deja hablar.

Recordaba la escena y no vi ningún psicólogo, criminólogo o jurista. No vi ninguna estrella de la ya famosa Ley de Cuerpos, solo estábamos los olvidados, los que a nadie importamos. Los que hacemos cumplir la ley e intentamos garantizar la seguridad, la convivencia y el orden. Los que sufrimos la dejadez de su Ministerio y Secretaría. Solo estábamos los funcionarios de a pie, los de siempre.

—De aquello resultaron varios compañeros heridos uno de ellos con el codo roto, y todos, con diversos grados de contusiones —continué—. El interno sangraba por la nariz y tenía un pequeño hematoma en el pómulo. Luego lo sacamos de la galería y, dado su nivel de agresividad procedimos a inmovilizarlo con las correas homologadas por orden del Jefe de Servicios.

—Y supongo que ahí depondría el interno su actitud —dijo el juez.

—No, señoría, nos insultó, nos amenazó y nos escupió, de modo que tuvimos que ladearle la cara, cosa que nos resultó muy difícil dada su tremenda fuerza. Al cabo de unas horas nos dieron la orden de quitarle la sujeción mecánica. Nosotros no lo veíamos oportuno, pero el director dijo que había hablado con él y que se iba a portar bien.

Recuerdo que cuando lo soltamos pensé, pero ¿qué es esto? Hay tres compañeros en el hospital, aquí quedamos otros tantos magullados y nadie se preocupa por nosotros. Solo que el interno lleva dos o tres horas inmovilizado, ¿eso es lo importante para la dirección?

—¿Por qué no subió más personal a cachear si eran conscientes de la peligrosidad del recluso? —preguntó el Magistrado—. ¿Por qué no reforzaron la seguridad?

—¿Qué personal, señoría? Éramos muy pocos de servicio. En ese momento estábamos dos funcionarios para 140 internos y uno en la consola, que fue quien dio la alarma. No había nadie más para reforzar la seguridad, señoría.

—Podían haber esperado o quizá pertrechado por si acaso.

—¿Cómo, señoría? Sin personal y sin medios materiales adecuados ni formación para utilizarlos. Señoría, nosotros no llevamos ningún tipo de material de seguridad o protección. Un cacheo es un acto rutinario que no ha de presentar ningún tipo de problema. Cuando se produce una situación de violencia o peligro para internos o funcionarios, antes de actuar es cuando solicitamos el material reglamentariamente establecido, el cual es escaso y no muy actualizado. Pero no es el caso habitual cuando se va a efectuar un cacheo.

El abogado de la acusación, es decir, el del interno que previamente nos acusaba de desordenar su celda, tirar su ropa al suelo y de rigor innecesario, cuando llegó su turno, comenzó a hablar de derechos, de convenciones y de tratados, de Derechos Humanos, del Defensor del Pueblo. Yo creía que los derechos eran para ambas partes. Nunca le escuché hablar de las obligaciones del interno, del respeto a las normas de convivencia, del respeto a otras personas.

Las preguntas que planteaba carecían de lógica.

—¿No es cierto que ustedes provocaron a mi cliente con sus comentarios?

Esa fue su pregunta estrella.

—La reacción de su cliente fue debido a la incautación de las pastillas y el móvil. De hecho, trató de arrebatarnos su alijo. Para él no éramos nadie, como se jactaba de decir, repetía que no éramos autoridad y que no nos reconocía como tal.

—¿Por qué le amontonaron la ropa? —dijo el letrado—. ¿Por qué le deshicieron la cama? Ese pudo ser el detonante de que mi cliente perdiera los nervios. Ustedes están obligados a mantener la normalidad y actuar con decoro y respeto.

Era cómico escuchar aquello.

—Señor, —respondí—, ¿cómo puedo cachear un colchón y verificar que no está manipulado sin deshacer la cama? ¿Cómo puedo palpar los dobladillos y demás dobleces de la ropa sin descolgar la percha? ¿Cómo puedo comprobar el contenido de un bote sin abrirlo?

El abogado no acertaba a contestar. Visiblemente nervioso levantó la voz y mirándome dijo:

—¡Contésteme usted!

—Ya le he contestado.

El Juez le invitó a realizar otra pregunta.

Tras buscar entre sus papeles acusó:

—Mi defendido sufrió un hematoma en el pómulo y sangró abundantemente por la nariz, y presentó luxación en dedos índice y anular de la mano derecha. Eso es violencia y maltrato —gritó—. ¿Por qué actuaron con tanta violencia?

—No fuimos violentos. Repelimos una agresión para defender nuestra integridad física, incluso nuestra vida. ¿Cuál es la fuerza que debo emplear para repeler una agresión de un hombre que mide 1,85cm y pesa 120 kg? ¿Un sujeto que es puro músculo? ¿Un hombre que se entrena en lucha y levanta pesas? ¿Un hombre condenado por homicidio? Yo no la sé, ¿me la puedo decir usted?

—Ustedes están físicamente preparados, llevan esposas, defensas, espray, escudos y trajes especiales.

¿Qué estaba diciendo este hombre? ¿De dónde había salido?

—No señor, está usted equivocado. Nosotros no llevamos nada, excepto un bolígrafo, el uniforme y un walkie. No tenemos formación en defensa personal y nadie nos ha enseñado a reducir, a colocar unas esposas, a usar un espray, un escudo o una defensa reglamentaria. Tampoco hemos siquiera probado a ponernos los escasos y complicados trajes de protección que hay.

—Ustedes opositan y luego van a la escuela para completar su formación —sentenció.

—Letrado, nuestra oposición es puro conocimiento de leyes, y no, no tenemos escuela formativa. Nuestra formación se realiza en un Centro y depende de lo que quieran y buenamente puedan enseñarte los compañeros más antiguos.

—Hemos visionado el vídeo —continuó la acusación—, y observamos claramente como Vd. le retira la cara violentamente, mientras sus compañeros le sujetaban manos y piernas.

—Con fuerza sí. Con violencia no. ¿Qué debía hacer, dejar que nos siguiera escupiendo? Mis compañeros no le sujetaban para que yo le apartarse la cara, procedían a su inmovilización. No conozco otra forma, igual usted nos puede indicar cómo colocar las correas sin sujetar al interno.

Si la administración nos proporciona material adecuado y nos permitiera utilizarlo…

—¿No es cierto que mi cliente pidió orinar y ustedes no le quitaron las correas? Está recogido en el vídeo de la cámara de la celda.

—Sí, es cierto. Su cliente llevaba escasamente media hora inmovilizado y continuaba amenazando y muy agresivo. Opté en ese momento por proteger lo que creí que era más importante: la seguridad de todos. De eso me declaro responsable. No me pareció oportuno una nueva situación de riesgo, no había ni medios ni personal para evitar otro episodio de violencia.

Y el abogado se quedó sin palabras.

Cuando salimos, mi padre me abrazo. No pude evitar aquel recuerdo de hace ya demasiado tiempo.

—Estoy orgulloso de ti —me dijo.

Ahora empezaba a entender aquella frase que permanecía en mi memoria.

Dios creó el mundo en seis días y el séptimo no descansó, creó al FUNCIONARIO DE PRISIONES.